Llegamos sobre las 7 de la mañana. En el andén un tipo cargado de folletos nos ofrece llevarnos en su taxi en busca de albergue. Rechazamos por principio, aunque bien pensado podría habernos facilitado la tarea, ya que no tenemos ni idea de adónde ir. En la estación no vemos ninguna oficina de cambio, así que saco pasta de un cajero, dejando los euros para Irán, donde las tarjetas no sirven de nada.
Al ladito hay una estación de metro, el billete cuesta 100 drams (menos de 20 céntimos de euro), y vamos tres paradas más allá, en busca de un albergue que la guía pone muy bien.
Nos encontramos en una zona céntrica, subiendo una avenida flanqueada por edificios construidos probablemente en la época soviética con más dinero que gusto. Pesados bloques de piedra, todo líneas rectas y ningún adorno, con la seriedad de edificios que hubieran sido concebidos para funciones administrativas. En el centro casi todas las calles son avenidas, y la mitad están en cuesta. Ayuda a orientarse: hacia el norte subes, hacia el sur bajas.
El sábado la capital de Armenia no madruga. Aunque ya hace rato que ha amanecido por la calle prácticamente no se ven más que policías, militares o policías militares con diferentes uniformes (azul, verde, gris), algunos con enormes gorras de plato de indiscutible abolengo soviético. Parecen dirigirse al trabajo con sus camisas recién planchadas, muchos llevan bolsas de plástico con el desayuno.
Encontramos el albergue, la chica de recepción es muy maja y nos explica que por poquito dinero más podemos tener una habitación doble en otro albergue que tienen en la misma zona. Ya que sólo tenemos pensado quedarnos una noche, decidimos pagar un poco más y oír menos ronquidos.
En el Downtown Hostel debemos de pillarlos en el cambio de recepcionistas. Por suerte, porque la primera no habla mucho inglés ni parece capaz de tomar decisiones. Nos enseña la única doble que tienen libre en ese momento. Tiene el techo que si das un salto te rompes la crisma (no es que suela ponerme a saltar en las habitaciones, pero resulta un poco claustrofóbico), una cama directamente rota y un ventanuco que no da abasto para ventilar el pestazo a gas. Yo no estoy dispuesto a dormir ahí, de verdad que huele muchísimo a gas. Por suerte viene otra recepcionista (que habla todos los idiomas del mundo incluido español y se llama algo en armenio que suena muy raro y significa Rosa), y nos dice que enseguida se van los de otra habitación (que resultan ser tinerfeños), y que mientras la limpian y tal podemos quedarnos en la que huele a gas mientras nos aseamos. Aprovechando que los tinerfeños (que resultan ser majetes) están saliendo para desayunar, nos la enseña. Parece que está bien, así que nos quedamos.
Una vez duchados e instalados (en la habitación que mola menos de lo que parecía, porque los colchones tienen más relieve que una cordillera de dunas y por la puerta se oye todo el ruido de recepción), salimos a desayunar.
Después tenemos una misión que cumplir: comprar billetes para irnos mañana en autobús a Teherán. Vamos a una agencia que recomienda la guía y que está muy cerca. La mujer nos dice que no quedan plazas para mañana ni pasado mañana. Tienen dos buses diarios y van llenos. Hasta el martes, nada.
Hay que ir a la estación de autobuses, a ver si hay más suerte. Nos han dicho que el bus urbano número 5 va hasta allí y para un poco más arriba en la avenida paralela. Por no subir otra vez, decidimos empezar a bajar andando hasta encontrar la siguiente parada, algo que debería ser fácil, puesto que esa misma avenida lleva prácticamente hasta la estación. Y ahí estamos, como siempre, Agata y yo caminando al sol del mediodía sin tener idea de cuánto nos queda. Porque, evidentemente, no encontramos ninguna parada por el camino. Menos mal que es cuesta abajo. Al cabo de un buen rato, al llegar a una plaza importante que no recuerdo cómo se llama, pero es donde está el Marriott, decidimos preguntar a alguien. En una heladería la chica dice que ni idea. Un taxista dice que tampoco sabe, pero llama a otro, que viene corriendo entre el tráfico desde el otro lado de la calle haciendo saltar la panza, y le dice que queremos ir a la estación de autobuses. Éste, indicando el taxi del otro, dice: “subid”. Le explico que no tenemos dinero, que estamos buscando la parada de autobús. Entonces dice: “no sé”, se da media vuelta y se va. Le doy las gracias amablemente.
Seguimos bajando, cruzamos un puente sobre un río en cuyo cauce hay más árboles que agua (de hecho ésta apenas se divisa entre el follaje), ante la fábrica de coñac “Ararat” torcemos a la izquierda y, al cabo de un rato, gracias a Agata, que lleva el GPS incorporado de serie, llegamos a la añosa estación de autobuses, que a esa hora del sábado está prácticamente desierta. La taquillera, una mujer mayor, nos sonríe amablemente y nos dice que sí, que hay billetes para mañana. Evidentemente, con tarjeta no se puede pagar (ya ni lo pregunto, no hay más que ver el sitio), así que hay que ir a buscar un sitio donde nos cambien dinero. La taquillera nos indica que hay uno cerca. Pero es sábado y está cerrado. Damos una vuelta por la zona, compramos agua en un quiosco delante de la estación, preguntamos dónde se puede cambiar dinero por la zona, y el quiosquero se golpea el pecho con la mano. Con ayuda de la calculadora para comunicarnos, nos ofrece 500 drams por euro. Estamos bastante vendidos, pero lo intentamos. Tecleo: 525. Niega con la cabeza y escribe: 520. Aceptamos, pues no nos queda otra. Cambiamos cincuenta euros y vamos a comprar los billetes. Al llegar, la taquillera dice que resulta que para mañana no hay ya, que para el lunes si queremos. Nos miramos con cara de joder-y-ahora-qué-hacemos, y mientras nos retiramos a deliberar si quedarnos un día más o coger cualquier transporte hasta la frontera y a partir de allí buscarnos la vida para llegar a Tabriz, tres polacas consiguen comprar sendos billetes a Tbilisi hablando en su lengua, sin cambiar más que “trzy” por “tri”. Esta taquillera es de las buenas.
Decidimos quedarnos un día más. Hay dos autobuses, el normal y el “VIP”, que cuestan respectivamente 23.000 y 25.000 drams. Ante esa diferencia y para tal viaje, nos inclinamos por la opción que promete ser más cómoda.
Me tienta la idea de hacer una visita a la fábrica de coñac (la Ararat o la que está justo enfrente, al otro lado del río), siguiendo los consejos de Ada y Łukasz en su blog. Podría ser una manera divertida de pasar la tarde. Pero el café de la mañana está haciendo efecto y hay que volver al albergue cuanto antes. Esta vez cogemos el autobús número 5, que es todo cuesta arriba. El bus es corto, de color violeta y con una inscripción roja sobre fondo amarillo (si mal no recuerdo) que pone “China aid”.
En el albergue descansamos un rato y después, para compensar nuestra imprevisión hasta ahora, nos ponemos a organizar el itinerario por Irán y el alojamiento para las primeras dos paradas. Ya que el billete que hemos comprado es hasta Teherán (valía lo mismo hasta Tabriz), vamos a empezar pasando unos días en la capital para luego (si por fin algo nos sale como prevemos) coger un tren hasta Mashhad, dejando Tabriz para el final. Escribo a unos cuantos CouchSurfers iraníes.
Avanzada ya la tarde salimos por fin a dar un paseo. Tiramos hacia la Cascada, una escalinata monumental desde cuya cima se divisa todo el centro de Yereván. Desde que estuve aquí hace cuatro años no han terminado de construir lo que sea que están construyendo arriba del todo, sólo están los cimientos. Pero el resto de la zona está mucho más cuidado, con un bonito parque abajo, flores por todas partes, fuentes en funcionamiento, y un montón de esculturas de estilos diversos, unas bonitas, otras horterísimas, unas negras, otras plateadas, otras de colores, unas figurativas (leones estilizados, humanos grotescos), otras abstractas, y tres árboles con hojas de vidrio de colores de diversas formas que, a la luz del atardecer, resultan incluso bonitos. No los vi moverse, pero deberían, porque recuerdan a veletas o móviles como los que se cuelgan a la entrada de las casas.
La subida nos hace sudar. En uno de los descansillos (o descansazos, por el tamaño) de la escalinata están preparando el catering para lo que parece un cóctel de inauguración. Hay camareros de pantalón negro y camisa blanca. No nos habría importado que nos invitaran a algo, pero no parece que vaya a ocurrir, así que bajamos otra vez, nos sentamos un ratito en un banco del parquecillo de abajo a observar a la gente, y decidimos ir en busca de un lugar donde cenar. Yo no tengo mucha hambre, pero no hemos comido nada desde el desayuno.
Ya cerca de la zona del albergue empiezo a reconocer calles y lugares de la otra vez. Al lado del cíber al que solía ir hay una tienda de música. Entro a preguntar por un duduk, una flauta armenia cuyo sonido, en las manos de un artista como Jivan Gasparyan, es cautivador e, incluso, perdóneseme la palabra, divino, en el sentido original del término. En una conversación bastante divertida en ruso chapurreado, quedamos en que el duduk profesional (que ronda los ciento veinte euros) es demasiado para mí en este momento, y probablemente en el futuro también. Me recomiendan uno que cuesta, con dos boquillas (una de repuesto), 23.000 drams, unos cuarenta y pocos euros. No se puede pagar con tarjeta y están a punto de cerrar, pero me lo apartan para mañana, que aunque es domingo también abren.
No vemos nada que nos convenza para cenar, así que recurrimos a la guía y, por primera vez desde que recuerdo, la recomendación es un acierto. La comida no es armenia, sino libanesa, pero todo (y son muchos los platos donde habrían podido fallar, ya que pedimos un montón de entrantes) está delicioso, especialmente para mí las hojas de parra rellenas de arroz. Agata dice que la berenjena con ajo. Por una cena que compensa todas las comidas no realizadas del día, incluyendo un par de cervezas, pagamos unos 8.000 drams (alrededor de 15 euros; con tarjeta, porque estamos sin dinero armenio) y nos retiramos contentos. Por si alguien alguna vez tiene la ocasión, se llama Lagonid o algo parecido.
En el albergue, cuando por fin al renqueante wi-fi le da por funcionar, me encuentro con que ya alguien de CouchSurfing ha contestado a nuestra petición abierta para Teherán, ofreciéndonos alojamiento para los dos primeros días en principio. Acepto la invitación y mando unos cuantos mensajes personalizados a potenciales anfitriones para la segunda parte de nuestra estancia en Teherán y para Mashhad.
A pesar del cansancio, me cuesta dormir. La cama es incómoda, hace mucho calor y hay mucho ruido en el pasillo. La palma para los que llegan de fiesta a las dos de la mañana hablando a gritos. Viva el respeto por los demás.
Algunas observaciones del día que no me han cabido antes.
Sorprende (y tanto más en contraste con lo que ocurre en la capital de Georgia, el país vecino) que los coches se paran para dejarte cruzar, un metro antes del paso de peatones si lo hay o incluso aunque no lo haya. Cruzar una carretera de ocho carriles en la que se unían una avenida de bajada, el tráfico que cruza el puente desde el otro lado del río y el que viene por el túnel fue mucho menos estresante de lo que esperábamos.
La mayoría de las chicas van vestidas y maquilladas como para un cásting de modelos, y caminan contoneándose sobre tacones altos como si ya se vieran en la pasarela.
Las recepcionistas del hotel (y hemos visto a cuatro o cinco diferentes en un día) siguen esta misma tendencia, cada una a su manera. Más que a trabajar, parece que fueran a una cena. No debe de ser nada cómodo trabajar en un albergue vestida de tal guisa, y más cuando los turistas se pasean en gayumbos entre el dormitorio y el cuarto de baño, o entran y salen con sus sandalias, camisetas sin mangas y pantalones del Decathlon.
Veo la edición armenia del Cosmopolitan. En la portada, en tonos rosas, una foto horrible de una tía que debe de ser famosa y tiene una sonrisa falsísima. Todo escrito en garabatos armenios, excepto la palabra SEX, en letras mayúsculas latinas.
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