lunes, 19 de agosto de 2013

19/VIII - Batumi


Llegada a Makhinjauri, no porque nos interese el lugar, sino porque es la estación de tren más cercana a Batumi. Nos asedian los taxistas y los que ofrecen habitaciones. Unos no dejan hablar a los otros y aquello es un lío. Una viejita de pelo blanco y dientes de oro nos ofrece algo en Batumi por quince laris por persona. Nos parece muchísimo, pero insisten en que vayamos a verlo, y si no nos gusta, pues nada. Llegamos, es una casa que no está en Batumi, sino a diez minutos en marshrutka (las furgonetas que suplen el escaso transporte público), previo paseo de otros cinco. Está construida como a retazos, sin terminar, aquí yeso, aquí una barandilla bonita, allí otra fea, aquí chapa ondulada... No hay agua, dicen que porque ayer llovió tanto que hubo inundaciones y cortaron el suministro, pero vendrá enseguida. Estamos un poco atrapados en medio de la nada, pero decidimos quedarnos y aprovechar el día. Ahora las viejitas son dos, pues se ha unido la hermana, que lleva el pelo teñido de naranja y va vestida de negro. Dicen que tenemos que quedarnos más de un día, pues si no no les compensa: que hoy todavía llegarán tres trenes más cargados de turistas. Sabemos que esto no es del todo cierto, pues es fin de temporada y está haciendo mal tiempo. Quedamos en que si nos gusta, nos quedaremos hasta tres días y, si no, pues no. Entonces quieren cobrar. Nos paran en el pasillo justamente cuando yo me dirijo al baño, con el papel higiénico en una mano y las toallitas en la otra. Dicen que son veinte por persona. Nosotros, que antes nos dijeron claramente que quince. Ellas, que quince en Makhinjauri, pero que aquí, en Batumi, son veinte. Nosotros, ya cabreados, que esto ni siquiera es Batumi. Ellas, que hay que pagar el taxi. Nosotros, que nadie les mandó coger un taxi para traernos a este agujero, y que en cualquier caso ese no es nuestro problema. Ellas, que veinte. Total, que decidimos irnos de allí, yo vuelvo con el papel y las toallitas a mi cuarto, hacemos el equipaje, nos lo ponemos a la espalda y ya vamos a salir de allí cuando vuelven las viejitas, conciliadoras, nos dan palmaditas en la espalda y nos sonríen, diciendo que nos va a gustar mucho el sitio y que seguro que nos quedamos más días. Nosotros ya sabemos que no.

Batumi. De lejos: un skyline como de Manhattan, con la silueta del Empire State, otros rascacielos... y una noria. De cerca: la noria no funciona, los rascacielos están sin terminar. Playa pedregosa, sillas de plástico, música electrónica, mezcla de poseteo y palurdez. Un paseo marítimo largo y muerto. Arquitectura caótica. Alguien le dijo a Agata que Batumi era “una calle y el resto, slums”. No sé quién sería el iluminado, pero ni había visto nunca un auténtico slum, ni probablemente había visto el propio Batumi, que, si bien es cierto que parece estar entero en construcción, dispone de una zonita de callejuelas con mercados de comida altamente interesantes. Todo lo cual no quiere decir que la ciudad mole. No nos gusta a ninguno de los cuatro. Tras un copioso desayuno (de cuatro enormes khachapuri ajaruli, supuestamente típicos de la región, tres cafés con posos y un agua); un rato en la playa, sufriendo con los pedruscos y luchando con las olas; una larga caminata al sol por el triste paseo marítimo; un descanso (cabezada sobre la mesa incluida, en mi caso) para tomar agua en la terraza de un bar; otra larga caminata de vuelta por el interior de la ciudad; y una comida regularcilla en un restaurante carillo (que eligieron las chicas teniendo el cuenta la probable limpieza del baño), cogemos un autobús para volver a nuestro alojamiento.

Por el camino compramos una sandía, luego pan, queso, tomates, yogur y vino casero que nos trasvasan a una botella de litro de agua, y organizamos una cena en el balcón. Hoy tampoco hay agua en la casa de las brujitas, así que bajo a comprar dos garrafas de diez litros de agua y nos lavamos los cuatro con agua mineral para acostarnos, por fin, limpitos.

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