viernes, 23 de agosto de 2013

23/VIII - Sarpi, Batumi, Makhinjauri y trayecto en tren Makhinjauri-Yerevan



Hoy nos toca, de un tirón, salir desde Sarpi, en la frontera con Turquía, atravesar Georgia entera y llegar a la capital de Armenia, antes de tirar hacia Irán.

Nos levantamos, nos duchamos, hacemos el equipaje, desayunamos en la terraza de la entrada (matsoni con avellanas y plátano, sandía que nos quedó de ayer y cuatro pedazos de tarta que nos trae Maia, la hija de los dueños, hecha por ella) y nos acostamos otra vez, porque nos sobra tiempo. Sobre las 11 salimos, le pagamos a la mujer (le doy 40 y me devuelve 5, no estaba muy claro cuánto nos iba a cobrar, ya que al principio habíamos regateado por dos habitaciones), nos despedimos de ella y de la hija y nos vamos con los mochilones y mucho cuidado cuesta abajo.

Enseguida pasa un autobús y tenemos la suerte de coger sitio para sentarnos. Como sardinas en lata llegamos a Batumi, bajamos cerca del lugar donde desayunamos el otro día y decidimos, aunque no tenemos hambre, zamparnos nuestro último khachapuri ajaruli de este viaje. Uno a medias hoy basta: es como un pan con forma de barca o de ojo, de unos 30 cm. de longitud y 15 de anchura, y relleno de queso salado, mantequilla derretida y un huevo poco hecho. Una bomba. Pero eso no es nada. En la mesa de al lado, un hombre mayor que no para de fumar se acaba de tomar una cerveza y ahora tiene en la mesa: una ensalada de tomate, pepino, pimiento picante y cilantro; un plato con dos racimos grandes de uvas negras; otra cerveza; una botella de medio litro de agua con gas; una botella de medio litro de Mirinda (¡sigue existiendo!); una botella de medio litro de vodka; y un vasito en el que va mezclando la Mirinda con el vodka. Y ha pedido pollo. Las camareras son mayores, secas y van vestidas como viudas de pueblo, excepto una, que también es mayor y seca, pero sonríe irónicamente y lleva el pelo teñido de rubio y permanentado, una camiseta ceñida con escote por la espalda y unos zapatos rojos con brillantitos y plataformas. Por un khachapuri, un agua con gas y un ayran nos quieren cobrar (como siempre, a ojo) siete laris. Sin mucho reproche le pregunto: ¿cuánto cuesta el khachapuri? Entonces la mujer triste hace otra cuenta rápida y dice: el khachapuri cuatro y medio, el agua uno y el ayran uno. Son seis y medio. Le doy diez y me devuelve dos y medio. Le digo: falta uno. Sin mirarme siquiera coge un lari y me lo da. Sin mirarla cogemos las mochilas y nos vamos.

A la puerta del restaurantillo hay varios puestecitos donde hombres mayores de pelo blanco y piel curtida cortan y venden pedazos de redes de pesca: están colocaditos en montones ordenados, y bastante gente se acerca a comprar. Le pregunto a uno de los hombres qué es eso, para qué sirve, y me indica por gestos (creo que es mudo) que es para frotarse la espalda cuando te duchas. ¡Una esponja exfoliante hecha con redes de pesca!

Enseguida encontramos la plaza de donde sale la marshrutka a Makhinjauri. Un hombre nos indica que es la que está saliendo, la alcanzamos, y en cosa de quince minutos estamos en Makhinjauri. Durante el trayecto nos da tiempo a observar que la gente al bajarse primero le da el dinero al conductor, luego abre la puerta y se baja, y ya desde abajo extiende la mano para recibir la vuelta en caso de que la haya.

La estación de tren de Makhinjauri (en el propio Batumi no hay) pone “Bus station” (!!!) y parece algo intermedio entre nave espacial e invernadero. Dentro, efectivamente, hace un calor sofocante. De momento está vacía. En la tiendita de la esquina venden refrescos, chucherías y acceso a wi-fi a dos laris por tiempo ilimitado. La mujer nos manda darle el teléfono y mete ella la contraseña para que no la veamos, de modo que no nos queda más remedio que pagar dos veces para poder consultar el correo por primera vez en tres días.

Salgo a comprar vituallas para el viaje. En una tienda anuncian “gariachi lavash” y, efectivamente, el lavash que me dan (por 80 tetris), recién despegado de las paredes del horno, me quema los dedos incluso a través del papelito. Lo doblo para formar dos capas, cuatro, lo agarro sólo con dos dedos y me lo paso de mano a mano, pero arde. Vuelvo a pedirles otro papelito, pues estoy a punto de soltar ya el pan, me miran como a un perro verde, pero me lo dan, y aun así aquello sigue quemando. Entro en el supermercado agarrando el lavash incandescente con los dedos de una mano e intentando sujetar entre el antebrazo y el cuerpo los productos: dos botellas de agua, cinco plátanos, dos chocolatinas de bonito envoltorio... al ir a comprar queso la mujer que lo corta se apiada de mí, me coge el lavash, lo dobla por la mitad y lo mete en una bolsa de plástico, y ella misma lleva el queso a la caja para que me cobren. No recuerdo cuanto pago, pero menos de la mitad de lo que habría pagado por la misma mercancía en Sarpi.

Sale un tren a Tbilisi, se ve moderno y cómodo. Al rato llega el nuestro. Un tren de abolengo soviético, pintado de granate oscuro y con un cartel en cada vagón que dice: “Batumi - Erevan”, en armenio y en ruso. Nuestro vagón es el 2, pegado a la locomotora. Subimos, está vacío y hace un bochorno terrible. Nos ha tocado la salida de emergencia: la única ventana que no se puede abrir. El techo del vagón está lleno de pegatinas rojas, blancas y azules. Las rejillas de ventilación, las de los altavoces, la carcasa de los fluorescentes. Los “vándalos” son los aduaneros georgianos y armenios, que han precintado todos los orificios susceptibles de ser usados como escondrijo por los contrabandistas, que deben de abundar.

Cuando por fin arranca el tren, nuestro vagón de la clase platskart (la más barata), sigue medio vacío. En nuestro “compartimento” sin puertas va también un hombre que rondará los cincuenta y se nos presenta como Kago. (Por suerte no se le ocurre reírse de mi nombre, que en ruso significa lo que significa.) Es armenio. Tiene la piel curtida, los ojos claros, el pelo corto y canoso y una sonrisa gamberra. Tiene los rasgos concentrados en el centro de la cara.

Una señora de vestido morado con flores amarillas y más dientes de oro que normales viene a sentarse con nosotros, no sé por qué, y desde el otro lado del pasillo entabla conversación. Tiene un abanico precioso que bien podría ser español, pero es armenio. Se extraña de que Agata, siendo polaca, no hable apenas ruso, dice que es bueno saber cuantas más lenguas y se pone como ejemplo, diciendo que ella es “armenia en Armenia, georgiana en Georgia y rusa en Rusia”. Nos detalla cuántas décadas de su vida ha vivido en diferentes ciudades de los tres países y cuánta familia tiene en cada lugar. Es muy simpática y dan ganas de seguir conversando con ella, pero el tren para en Kobuleti y al ver lo que espera en el andén la señora vuelve a defender su sitio.

El vagón se llena de repente. Georgianos de tez oscura y narices grandes, armenios de ojos sorprendentemente claros, una familia gitana. Pantalones cortos, vaqueros remangados, sandalias, camisetas sin mangas, algunos hombres vienen con la barriga al aire, otros directamente entran sin camisa o se la quitan nada más sentarse. (Nada que ver con el país que nos espera dentro de dos o tres días...) Bolsas de cuadros, bolsas de plástico con botellas de agua congelada, quilos de melocotones, lavash doblados por la mitad, pedazos de queso blanco y salado, mazorcas de maíz cocido, litronas de Natakhtari, termos de café. Nada más sentarse todos sacan la comida que llevan. Enseguida se extiende por el vagón un olor a pan recién hecho y a maíz. A nuestro compañero de “compartimento” se une el armenio del otro lado del pasillo (que deja sola a la que, por los rasgos, debe de ser su hermana). Sacan lavash, una especie de chorizo o de salchicha, un bote de salsa picante (a juzgar por la mueca que hace Kago al olerla), una botella de agua con gas y otra sin gas, dos manzanas, dos melocotones, varios vasitos de plástico y la botella de vodka todavía frío que Kago hace aparecer y desaparecer en su bolsa de viaje. Nos ofrecen de todo insistentemente, aunque todavía no tenemos hambre (ni nos tienta mucho la salchicha ésa). Cada vez que sacan el vodka nos ofrecen. Kago, que va ventilando la barriga hasta el esternón, nos explica que “estos georgianos” te multan con mil laris si te ven bebiendo en el tren, pero que en cuanto crucemos la frontera con Armenia podemos hacer lo que queramos, incluso viajar en el techo del tren si queremos ir más frescos. El otro compañero nos pregunta si hablamos inglés, pero debe de ser por curiosidad, porque él no parece hablarlo. Nos pregunta a qué nos dedicamos. Intentamos explicar que yo soy profesor de español y Agata diseñadora gráfica. Les preguntamos a qué se dedican ellos. El tipo contesta que es ingeniero. Kago dice que él también. Añaden que son ingenieros, pero no de cualquier tipo, sino “de alta categoría”. Y que Armenia está llena de ingenieros. Nos reímos todos un poco.

De repente viene un fuerte olor a gas, no sabemos si de fuera o de dentro del tren. Kago dice: “benzin”. Yo digo: “niet, eta gaz”. El otro dice: “entonces son las gitanas, que están cociendo unas patatitas, ja, ja, ja...”. Al poco rato una chica del “compartimento” de al lado viene con el termo a ofrecer café, que acaban de hacer en un cacito, al estilo generalmente llamado turco (y aquí “oriental”, pues con lo que detestan a los turcos no aceptarían haber aprendido nada de ellos), con un hornillo en el entrevagón. Llena dos vasitos de plástico y Kago le ofrece un melocotón a cambio, que ella rechaza. Kago dice que tomemos café, pero tampoco queremos. ¿Ni salchichorizo, ni vodka, ni café? Nos da por imposibles. La verdad es que el olor del café tienta, pero a las cinco de la tarde, cuando todavía nos quedan catorce horas de tren y toda la noche por delante, paso de tomar cafeína.

La gente poco a poco va yendo a pedir sábanas al revisor y montando sus camas. Algunos conversan, otros dormitan, otros juegan a las cartas, otros fuman entre vagón y vagón y escapan cuando se acerca el revisor, que a su vez fuma a escondidas en el espacio que queda entre la locomotora y el primer vagón. Agata se pone a leer y yo a escribir.

A las siete de la tarde los ingenieros ya casi se han terminado la botella, tienen la cara enrojecida, los párpados pesados, la mirada perdida y la boca entreabierta. Parece que ya no les queda mucha cuerda. Sacan una lata de medio litro de cerveza alemana, me ofrecen otra vez, pero rechazo. El ingeniero nos hace (supongo que más a Agata) fotos de extranjis con el móvil, pero no tenemos derecho a enfadarnos, pues antes hemos hecho lo mismo con la cámara como quien no quiere la cosa. Tras un largo silencio, el ingeniero decide presentarse. Levanta el culo unos centímetros del asiento, me tiende una mano un tanto pegajosa y dice en ruso: “ja, Karen”. Le pregunto para confirmar: “¿Jakaren?”. “Karen” solamente. Me mira fijamente y dice algo así como: “eres un tío tranquilo, se nota que eres buena persona, que eres profesor”. Sonrío sin saber qué decir, sin darle mucho valor al halago de un borracho, pero él sigue la conversación, mientras la chica que ha dejado sola se ríe y le hace gestos como de que voy a pensar que me está tirando los tejos. Y ahí empieza una conversación cuyo transcurso soy incapaz de recordar, pero que nos lleva por temas como las diferencias regionales, las lenguas, el genocidio armenio, los equipos de fútbol, de los salarios, de la estructura familiar y las tradiciones, de la situación económica de Armenia desde la caída de la URSS y del arca de Noé. Algún fragmento de la conversación (o más bien monólogo de Karen con intervenciones de Kago, asentimientos por mi parte y algún que otro comentario de la vecina) pudo ser así:

“¿En tu país hay diferencias entre los de un sitio y los de otro? Por ejemplo, ¿cómo se llama la capital? ¿Y hay diferencias entre los de Madrid y los de Cataluña (por La Coruña)? Claro. ¿Y quiénes son mejores? ¿Los de tu ciudad o los de Madrid? ¿Cómo que da igual? ¿Ah, ves? Los de tu ciudad. Pues en Armenia igual. Los de Gyumri, los de Dilijan, todos son mejores que los de Erevan.”

“¿En tu país no se aprende ruso en la escuela? ¿Se aprende inglés? ¿Y en tu país creéis en el genocidio armenio? Sólo hay dos países en el mundo que no reconocen el genocidio armenio: Turquía y Estados Unidos. En todas partes, en Europa, en África, en Australia, reconocen el genocidio armenio. Sólo haría falta que Estados Unidos lo reconociera para que a Turquía no le quede más remedio que hacer algo. Pero sólo faltan dos años para que se cumpla el centenario y ya no se pueda hacer nada. ¿En tu país es igual, que cuando pasan cien años ya todo se olvida?”

“Deportivo de La Coruña, sí... ¿Y conoces a un jugador armenio que se llama Nosequé? Juega en el segundo equipo de Alemania. Y –aquí interviene Kago– el hijo de un amigo mío juega en el segundo equipo de Madrid. (Entiendo que se refiere a la cantera del Real Madrid.) Si te digo el apellido y preguntas por él, seguro que la gente lo conoce. Se apellida M... Y el equipo de Armenia, Ararat, una vez fue campeón de Unión Soviética. No, no es el equipo de ninguna ciudad, es el nombre que recibe la selección armenia: Ararat.”

“¿Y en tu país, como profesor, cuánto ganas, si se puede preguntar? ¿Y con eso se vive bien? Con ese dinero, en Georgia vives como un rey. Y en Armenia –Kago hace un gesto como si se rebanara la garganta con la uña del pulgar– vivirías como te diera la gana, no te faltaría de nada. ¿Pero tienes hijos, tienes familia? Para nosotros la familia son: primero, el padre y la madre, después la mujer y después los hijos. Yo vivo con mi madre, mi padre murió hace poco, mi hermano y mis hijos. ¿Te sorprende que tanta gente? En Armenia es normal. Imagínate que él –señala a Karen–, tú y yo somos hermanos. Tú eres el mayor, te casas y te vas. Luego él se casa y se va. Y yo, el menor, me caso y me quedo con mis padres y los cuido hasta el final, y luego su casa será mía. Ésa es la tradición en Armenia. No sólo en Armenia –aquí interviene la chica, a la que me cuesta mucho más entender porque habla bien ruso–, sino en todos los pueblos del Cáucaso: en Armenia, en Georgia, en Daguestán...”

“Imagínate que en Armenia somos tres millones. Solamente para comer, sin contar el transporte ni nada, hacen falta tres millones de dólares al día como mínimo. ¿Y de dónde sale ese dinero? Porque de Armenia, no. En Armenia nadie hace nada, nadie produce nada. Antiguamente, en tiempos de la Unión Soviética, sí, había fábricas, había agricultura. Ahora todo ese dinero viene de fuera, de Rusia, de América, de España... En España hay muchos armenios. Cerca de Barcelona –dice la chica– hay muchísimos armenios, lo sé porque he estado –a estas alturas es cuando me entero de que habla tan bien ruso porque de hecho es rusa–. En Armenia ves a la gente descansando –Karen hace gesto de tumbarse a la bartola con las manos debajo de la cabeza– porque todo ese dinero les viene de fuera.”

“¿Sabes de historia? Antiguamente Armenia era mucho más grande, era enorme, llegaba de mar a mar –no me atrevo a preguntar de qué mar a qué mar, pero lo miraré en internet en cuanto pueda–. ¿Sabes Van? –Yo pregunto: ¿en Turquía?– Sí, en Turquía. Pues hasta más allá era Armenia. Y vinieron los turcos y echaron a la gente y llevaron a cabo el genocidio. Y se quedaron con el monte Ararat, donde estuvo el arca de Noé. –Y, como no entiendo esta parte en ruso, me explica: –Noé, ¿entiendes? Lluvia, lluvia, lluvia... las montañas... y el arca.”

Bueno, más o menos así debió de ser la conversación. Acabadas la botella y la lata, mis nuevos amigos armenios deciden irse a fumar. Le comento a la chica que me cuesta mucho más entenderla a ella porque habla más rápido. Se ríe un poco y dice: es que ellos no hablan bien ruso. Pues pasa como con todos los idiomas: se entiende mejor a los no nativos. A la vuelta Karen le pregunta a Agata qué está leyendo. Nos cuesta un rato explicar lo que es un diario de viaje. No está claro que lo hayamos conseguido, pues uno le aclara al otro: sí, hombre, un poema épico...

Intento ir al baño, pero el del principio del vagón está cerrado, espero un rato, pero nadie sale. El revisor dormita en un cuartito al lado, tirado en camiseta interior sobre un montón de paquetes de sábanas. Voy al del final del vagón, pero hay cola. Cuando por fin me toca, aquello está tan asqueroso que paso de entrar en chanclas. Con botas de montaña no me habría importado. Voy al del vagón siguiente, pero justamente el tren para en alguna estación. Mientras espero en el descansillo no paran de entrar y salir varios tíos sin camiseta ni educación. Por fin el tren arranca, voy al baño de al lado, que todavía está aceptablemente limpio. Sólo hace falta pulsar el pedal de desagüe, cosa que parece que los cuatro o cinco anteriores no han sido capaces de hacer, a pesar de que hay un cartelito que lo pone bien claro en ruso y en dibujo. En la taza del váter veo dos fragmentos que primero me parecen los topes de la tapa, y luego me doy cuenta de que son áreas antideslizantes diseñadas para quien quiera poner ahí los pies para usarla al estilo oriental. El grifo también tiene truco: se acciona con una palanquita que tiene debajo cual barba de pavo.

Cuando por fin vuelvo estos dos se han ido otra vez a fumar. Le pregunto a la rusa cómo se dice “sábanas”, me lo repite varias veces, pero no lo pillo. Una de las chicas del compartimento de al lado me dice: “ven”, y me acompaña hasta el cuchitril del revisor, llama a la puerta, pero está cerrada, alguien le indica que está al otro lado de la puerta que separa la locomotora del primer vagón, la chica la abre y de allí sale el revisor junto con los dos ingenieros y una gran vaharada de humo de tabaco. El revisor me da dos juegos de sábanas y la chica después, por si acaso, me indica dónde están los colchones y las almohadas. Y eso que viajamos en la clase más barata, no sé cómo serán las demás.

Agata va al baño del vagón de al lado, pero un tipo que está a la cola la interpela: ¿en tu vagón no hay baño? Agata le contesta que no, y el tipo va a chivarse al encargado de su vagón, al que parece no importarle demasiado (o no le apetecerá pelearse con una guiri con la que no tiene ninguna lengua en común). Pero cuando por fin le toca el turno, el cascarrabias ha dejado tal panorama que ya no está muy claro cuál de los baños está peor.

Karen me sorprende recogiendo la basura que habían dejado en la mesa. En los extremos del vagón sigue habiendo revuelo, en el centro todavía la gente charla, pero ya van preparándose para la noche, parece. Agata, metida en su camita, sigue leyendo a Bouvier y a las 9 y pico decide dormir (ella, que es capaz de hacerlo en cualesquiera condiciones). Por el pasillo pasa una mujer que lleva a una niña de la mano, y en la otra una sillita rosa, supongo que camino del baño. Llegamos a Tbilisi. Kago no sé dónde está, Karen y la rusa dejan un bolso a mi cargo y bajan a fumar. Enseguida se me enciende una lamparita roja: equipaje ajeno en mi litera en un tren de contrabandistas. Pero no le hago caso.

El tren está un buen rato parado. De repente aparece por el pasillo la señora del abanico y los dientes de oro, de la que ya me había olvidado. Viene a quejarse del calor que hace y a despedirse. “Qué calor...”, “Sí, mucho”, “¿Y tú por qué no estás durmiendo?”, “Estoy escribiendo, pero enseguida me acostaré”, “Pues hasta luego”, “Buenas noches”.

Seguimos parados, los ingenieros armenios y la rusa han vuelto, Kago ha trepado con dificultad a la litera de arriba, se oyen algunas risas de mujeres, llantos de niños, tamborileos de hombres nerviosos, todo se confunde en un rumor. Y, cuando parece que se está instalando el silencio, de repente Kago suelta: “tqeli simindi”, y todo el vagón (bueno, los compartimentos contiguos al nuestro) se echa a reír. Es lo que gritaban los que pasaban vendiendo chucherías por las playas georgianas y significa, creo, “maíz cocido”. Se nota que son todos armenios que vienen de la playa. Todavía oiremos varias veces más, en diferentes puntos del vagón, a alguien decir “semindi” y al resto reírse.

Un rato antes de la medianoche, el control de pasaportes georgiano. Unos tipos de uniforme azul marino y gesto serio se suben al tren, cogen nuestros pasaportes escudriñando la foto y luego nuestra cara y se los llevan, para traérnoslos de vuelta al cabo de un rato. Y ya casi a la una de la mañana, cuando ya todo el mundo duerme en el vagón (menos yo, que sigo escribiendo), el control armenio, que es de risa. Al principio, como en una película de ciencia ficción, suben unas mujeres con bata blanca. La primera pasa sonriendo, la segunda viene armada con una especie de pistola que apunta a la cabeza de cada pasajero. En el visor le aparece la figura de la cabeza y, en diferentes colores, la temperatura. ¿Qué pasa, que si llego a venir anteayer, con una indigestión o algún virusillo, no me hubieran dejado entrar? Luego vienen los del uniforme, esta vez de color claro, y con unos aparatejos que parecen máquinas de escribir con pantalla de ordenador antiguo. Uno de ellos se sienta sin más en la cama de la rusa, planta allí su maquineja, nos exige los pasaportes, los pasa por el lector, los comprueba, los sella y se va.

Es la una de la mañana, el tren sigue parado, yo llevo varias horas escribiendo y me estoy quedando sin batería, así que habrá que dormir algo. Encogido en la litera que comparto con mi mochila.

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