Hoy no queda más remedio que empezar con buen pie. A pesar de levantarnos a las 7. Yo hago 40 minutos de yoga y gimnasia, Agata va a comprar bollitos recién hechos (le abren la panadería ex profeso, a pesar de que aún no es la hora, y le cobran de menos porque no tienen cambio), y esta vez sí hay agua caliente. Al bajar a desayunar resulta que el desayuno no tiene nada que ver con el de ayer y hay leche y unos bollos riquísimos.
Salimos con las mochilazas cuesta arriba, y entramos con ellas en el súper a comprar comida para el viaje: primero sale Agata y paga el agua con un billete de 5.000 drams porque en el autobús no nos lo habrían aceptado, y luego salgo yo y pago como 3.000 drams con tarjeta por el resto de la comida, porque no podemos gastar todo el dinero en metálico que tenemos, ya que hasta la frontera con Irán todavía tendremos que comprar agua y comida. La cajera nos pone cara rara, pero no dice nada. La estrategia ha sido un éxito.
Cogemos el 5, llegamos a la estación a las 9:35. El bus VIP resulta ser en efecto un lujo, con asientos totalmente reclinables y apoyapiernas desplegable para poder ir tumbado como en una cama. Si serán amplios, que puedo sentarme con las piernas cruzadas y estar cómodo. Ya nos gustaría tener buses así en Europa. Sólo los había visto en Brasil. Cada asiento tiene una pantallita y cascos para quien quiera ver pelis, y espacio para apoyar las bebidas. Antes de arrancar viene el asistente del conductor a repartir unas cajitas llenas de chocolatinas y un zumo con pajita. Y encima nos han tocado los primeros asientos de delante, con lo que podemos ver la carretera y Agata así se marea menos. Por supuesto, no todo puede ser idílico: en los asientos de delante se oye más el tecno persa que brota a toda pastilla de los bafles Pioneer (con un woofer bien potente situado encima del conductor) y te envuelve el humo de los cigarros que los tres (el busero y sus dos adláteres) van fumando sin cesar.
El camino, descontando el humo y el chundachunda, es agradable. Atravesamos diversidad de paisajes de este montañosísimo país. Ondulantes colinas amarillas sobre las que penden, inmóviles y majestuosas, grandes nubes blancas. El lago Sevan, con playas en sus orillas. Más tarde vendrán ya escarpadas montañas separadas por espectaculares valles verdes, por las que nuestro autobús zigzagueará lentamente, tomando a veces las curvas de más de 180º por el carril contrario y obligando a los que vienen de frente a irse al arcén. Como vamos tan despacio, todos tienen tiempo de maniobrar holgadamente. A veces, en duelo de titanes, nuestro moderno autobús y un viejo camión Kamaz se quedan parados frente a frente, resollando, examinándose como un arrogante joven musculoso y un marinero curtido en mil pendencias, pero la provocación nunca es tan fuerte como para que llegue la sangre al río.
Una parada de diez minutos no se sabe para qué, pero que los ayudantes del busero aprovechan para bajar a estirar las piernas y, de paso, fumar (aunque esto último también lo pueden hacer en el bus). Una parada de quince minutos para comprar fruta y pan en puestos regentados por señoras armenias que han aprendido a negociar en persa. Una parada de cuarenta minutos que se alargan hasta una hora para comer en un bonito restaurante donde no se arredran porque les lleguen tres autobuses repletos al mismo tiempo. La gente allí pide en armenio, en ruso, en persa, en inglés, y ellos sacan la comida (sencilla, pero rica) casi sin equivocarse. Y los precios (al contrario de lo que ocurre en Europa con estas paradas) son iguales o más bajos que en la ciudad. Parece que todos los que nos rodean han hecho este viaje más veces, porque saben qué pedir: una carne que huele a gloria. Nosotros, entre que encontramos el baño, nos lavamos las manos y desciframos el menú, somos los últimos de todos los pasajeros de tres buses (bueno, casi, porque un hombre nos deja pasar) en pedir (y a la hora de hacerlo, como oigo inglés a mi izquierda y persa a mi derecha, me armo un lío de lenguas y le digo al hombre una palabra en cada lengua: inglés, ruso y persa, pero me entiende), y aun así nos da tiempo a comer sin demasiado estrés, pero no sabíamos lo de la carne, así que nos comemos una ensalada (el pepino más sabroso que he comido nunca), un trozo de queso buenísimo, un cuenco de yogur y media hogaza de un pan bastante decente. Mientras tanto nos da conversación la chica de la mesa de al lado, que en un inglés bastante bueno y con muchísimo entusiasmo nos pregunta de dónde somos, alaba los ojos azules de Agata y después, aunque dice que no debería, mis ojos verdes, y como siga así pronto elogiará nuestras mejillas rojas también. Nos cuenta que es de Teherán, pero acaba de pasar diez años en Armenia estudiando medicina, y en breve se irá a Alemania para especializarse, para lo cual acaba de examinarse de nivel B2 de alemán. Dice que habla cinco lenguas: persa, ruso, armenio, inglés y alemán. Cinco lenguas y cuatro alfabetos diferentes. Me pregunta si el español es difícil (para ella seguro que no) y se plantea ponerse a estudiarlo. Se llama Mona, lleva la cabeza cubierta con un pañuelo y no para de repetir que espera que lo pasemos muy bien en Irán.
Reanudamos la marcha. Las montañas se vuelven cada vez más altas, y a lo lejos se divisan los afilados dientes de alguna cordillera todavía más elevada, formando planos que se superponen, cada uno en un tono de gris diferente, perdiéndose en un manto homogéneo y sólido, una gran nube plomiza que por allá lo cubre todo. Abajo, una laguna verde pone la guinda al paisaje. Después de mucho serpentear hacia arriba y hacia abajo, llegamos por fin a una carretera normal a la altura de Meghri. Y, la verdad, es un alivio.
Que dura poco. Enseguida volvemos a serpentear por carreteras de montaña. Los paisajes son espectaculares. Llegamos a la frontera a las 8 de la tarde. Ya ha anochecido.
Hemos llegado tres buses juntos, así que la gente se apelotona en una sala pequeña. Al salir de Armenia, a pesar de la cola, el guardafronteras se pasa como diez minutos con cada uno de nuestros pasaportes. Coge el mío, lo abre y empieza a mirar todas y cada una de las páginas, examinándolas detenidamente del derecho, del revés y al trasluz, doblándolas (hasta tal punto que me hace temer por la integridad del documento) y rascándolas con la uña como si esperara encontrar premio. Me temo que no le dé la gana de dejarme salir, y Agata ya ha pasado al otro lado y no la veo.
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