lunes, 26 de agosto de 2013

26/VIII - Salimos hacia Irán


Hoy no queda más remedio que empezar con buen pie. A pesar de levantarnos a las 7. Yo hago 40 minutos de yoga y gimnasia, Agata va a comprar bollitos recién hechos (le abren la panadería ex profeso, a pesar de que aún no es la hora, y le cobran de menos porque no tienen cambio), y esta vez sí hay agua caliente. Al bajar a desayunar resulta que el desayuno no tiene nada que ver con el de ayer y hay leche y unos bollos riquísimos.

Salimos con las mochilazas cuesta arriba, y entramos con ellas en el súper a comprar comida para el viaje: primero sale Agata y paga el agua con un billete de 5.000 drams porque en el autobús no nos lo habrían aceptado, y luego salgo yo y pago como 3.000 drams con tarjeta por el resto de la comida, porque no podemos gastar todo el dinero en metálico que tenemos, ya que hasta la frontera con Irán todavía tendremos que comprar agua y comida. La cajera nos pone cara rara, pero no dice nada. La estrategia ha sido un éxito.

Cogemos el 5, llegamos a la estación a las 9:35. El bus VIP resulta ser en efecto un lujo, con asientos totalmente reclinables y apoyapiernas desplegable para poder ir tumbado como en una cama. Si serán amplios, que puedo sentarme con las piernas cruzadas y estar cómodo. Ya nos gustaría tener buses así en Europa. Sólo los había visto en Brasil. Cada asiento tiene una pantallita y cascos para quien quiera ver pelis, y espacio para apoyar las bebidas. Antes de arrancar viene el asistente del conductor a repartir unas cajitas llenas de chocolatinas y un zumo con pajita. Y encima nos han tocado los primeros asientos de delante, con lo que podemos ver la carretera y Agata así se marea menos. Por supuesto, no todo puede ser idílico: en los asientos de delante se oye más el tecno persa que brota a toda pastilla de los bafles Pioneer (con un woofer bien potente situado encima del conductor) y te envuelve el humo de los cigarros que los tres (el busero y sus dos adláteres) van fumando sin cesar.

El camino, descontando el humo y el chundachunda, es agradable. Atravesamos diversidad de paisajes de este montañosísimo país. Ondulantes colinas amarillas sobre las que penden, inmóviles y majestuosas, grandes nubes blancas. El lago Sevan, con playas en sus orillas. Más tarde vendrán ya escarpadas montañas separadas por espectaculares valles verdes, por las que nuestro autobús zigzagueará lentamente, tomando a veces las curvas de más de 180º por el carril contrario y obligando a los que vienen de frente a irse al arcén. Como vamos tan despacio, todos tienen tiempo de maniobrar holgadamente. A veces, en duelo de titanes, nuestro moderno autobús y un viejo camión Kamaz se quedan parados frente a frente, resollando, examinándose como un arrogante joven musculoso y un marinero curtido en mil pendencias, pero la provocación nunca es tan fuerte como para que llegue la sangre al río.

Una parada de diez minutos no se sabe para qué, pero que los ayudantes del busero aprovechan para bajar a estirar las piernas y, de paso, fumar (aunque esto último también lo pueden hacer en el bus). Una parada de quince minutos para comprar fruta y pan en puestos regentados por señoras armenias que han aprendido a negociar en persa. Una parada de cuarenta minutos que se alargan hasta una hora para comer en un bonito restaurante donde no se arredran porque les lleguen tres autobuses repletos al mismo tiempo. La gente allí pide en armenio, en ruso, en persa, en inglés, y ellos sacan la comida (sencilla, pero rica) casi sin equivocarse. Y los precios (al contrario de lo que ocurre en Europa con estas paradas) son iguales o más bajos que en la ciudad. Parece que todos los que nos rodean han hecho este viaje más veces, porque saben qué pedir: una carne que huele a gloria. Nosotros, entre que encontramos el baño, nos lavamos las manos y desciframos el menú, somos los últimos de todos los pasajeros de tres buses (bueno, casi, porque un hombre nos deja pasar) en pedir (y a la hora de hacerlo, como oigo inglés a mi izquierda y persa a mi derecha, me armo un lío de lenguas y le digo al hombre una palabra en cada lengua: inglés, ruso y persa, pero me entiende), y aun así nos da tiempo a comer sin demasiado estrés, pero no sabíamos lo de la carne, así que nos comemos una ensalada (el pepino más sabroso que he comido nunca), un trozo de queso buenísimo, un cuenco de yogur y media hogaza de un pan bastante decente. Mientras tanto nos da conversación la chica de la mesa de al lado, que en un inglés bastante bueno y con muchísimo entusiasmo nos pregunta de dónde somos, alaba los ojos azules de Agata y después, aunque dice que no debería, mis ojos verdes, y como siga así pronto elogiará nuestras mejillas rojas también. Nos cuenta que es de Teherán, pero acaba de pasar diez años en Armenia estudiando medicina, y en breve se irá a Alemania para especializarse, para lo cual acaba de examinarse de nivel B2 de alemán. Dice que habla cinco lenguas: persa, ruso, armenio, inglés y alemán. Cinco lenguas y cuatro alfabetos diferentes. Me pregunta si el español es difícil (para ella seguro que no) y se plantea ponerse a estudiarlo. Se llama Mona, lleva la cabeza cubierta con un pañuelo y no para de repetir que espera que lo pasemos muy bien en Irán.

Reanudamos la marcha. Las montañas se vuelven cada vez más altas, y a lo lejos se divisan los afilados dientes de alguna cordillera todavía más elevada, formando planos que se superponen, cada uno en un tono de gris diferente, perdiéndose en un manto homogéneo y sólido, una gran nube plomiza que por allá lo cubre todo. Abajo, una laguna verde pone la guinda al paisaje. Después de mucho serpentear hacia arriba y hacia abajo, llegamos por fin a una carretera normal a la altura de Meghri. Y, la verdad, es un alivio.


Que dura poco. Enseguida volvemos a serpentear por carreteras de montaña. Los paisajes son espectaculares. Llegamos a la frontera a las 8 de la tarde. Ya ha anochecido. 

Hemos llegado tres buses juntos, así que la gente se apelotona en una sala pequeña. Al salir de Armenia, a pesar de la cola, el guardafronteras se pasa como diez minutos con cada uno de nuestros pasaportes. Coge el mío, lo abre y empieza a mirar todas y cada una de las páginas, examinándolas detenidamente del derecho, del revés y al trasluz, doblándolas (hasta tal punto que me hace temer por la integridad del documento) y rascándolas con la uña como si esperara encontrar premio. Me temo que no le dé la gana de dejarme salir, y Agata ya ha pasado al otro lado y no la veo.



Para leer el resto de nuestras aventuras:

http://viajeporiran1392.blogspot.com

domingo, 25 de agosto de 2013

25/VIII - Yereván - Echmiadzin

Día para olvidar.

Nos levantamos a las 8. El único váter del albergue no ha sido limpiado en 24 horas, porque allí campea el mismo largo pelo negro que estaba ayer. De la ducha sólo sale agua helada (y la recepcionista no sabe por qué ni cómo solucionarlo), y el desayuno consiste de tres trozos de tomate, tres de pepino, un pedazo de lavash duro (yo comprendo que es domingo por la mañana, pero podían tener una tostadora) y una salchicha tan asquerosa que al verla decidimos dejarlo todo como está y salir a desayunar fuera.

Lo cual no es fácil, porque todo está cerrado, no sé si por el día o por la hora. En una cafetería vemos a gente sentada en la terraza, pero deben de ser de la casa, porque a nosotros nos dicen que hasta las diez, nada. En el súper compramos una especie de chocolatinas con queso fresco dentro (están buenas, ya las habíamos probado en Lituania).

Por cien drams por persona el bus número 5 nos lleva a la estación de autobuses, donde espera una cafetera con cinco o seis bombonas de gas en forma de cilindro alargado tumbadas sobre el techo. Me parece reconocerla de hace cuatro años, no ha envejecido mucho porque tampoco le queda margen. Las cortinas granates tampoco parecen más pringosas de lo que estaban. Salimos a las 10, el vehículo va casi vacío, pero pronto se llena. El cobrador va de pie en la escalera del centro, agarrado a la barra de la puerta, que por suerte está abierta y deja entrar el aire. Al salir de la ciudad, los lados de la carretera se llenan de atracciones como lavados de coches, el “Casino Corrida” (una barraca toda recubierta de planchas doradas atornilladas), el “man’s club Moulin Rouge” (con columnas griegas y todo) y otros por el estilo.

Unos tres cuartos de hora más tarde el cobrador nos hace señas de que nos bajemos (tenemos que abrirnos paso entre la multitud que colapsa el pasillo), nos pide doscientos drams y se sube de nuevo al trozo de chatarra con ruedas, que arranca pedorreante y humeante, dejándonos delante de una iglesia frente a la cual hay decenas de buses y minibuses aparcados, aparcando o desaparcando. Hay más gente que en las rebajas, de hecho parece que vengan todos de las rebajas del Decathlon. Manadas de españoles e italianos. Unos vestidos como si fueran de trekking, con sus pantalones desmontables (yo también llevo unos, lo reconozco, pero tengo varias justificaciones), camisetas de fibra mágica y sandalias con calcetines, todo ello de color indefinido. Otros, más estilo safari, con el inmortal gorrito redondo que llevan los que van a pescar con caña a la orilla de algún lago. Otros, directamente, con sus bermudas y camisas de flores o camisetas sin mangas, aunque la playa más cercana les queda a muchos cientos de quilómetros. Las mujeres, en general, un poquito más pasables, aunque abunda también el estilo trekking-safari y el vestido de flores combinado atrevidamente con cadenas y pendientes de oro.

Tal es nuestro shock al ver todo aquello, que nos sentamos en un banco y pasamos siquiera de ver la iglesia por dentro (tampoco habríamos cabido, la gente en el umbral se empuja sin miramientos para poder pasar). Éste no es el Echmiadzin que yo recordaba.

Siempre me ha mosqueado el turismo de masas, ése que se deja llevar de la mano sin importarle mucho a dónde, hace fotos de todo lo que tiene delante sin haberlo mirado primero, viaja en transporte climatizado fletado especialmente para ellos como si estuvieran en cuarentena, come pizza y espaguetis en su hotel, y luego compra souvenirs en cada puesto, y al volver a casa enseña cientos de fotos de iglesias y cuenta historias inventadas, tradiciones leídas, situaciones mal interpretadas, sin haber tenido el menor contacto con la realidad del país ni haber podido conversar con uno solo de sus habitantes (aunque hubieran tenido la oportunidad, su desconocimiento de otras lenguas se lo habría impedido), a no ser los contratados para servirles. Gente que ni siquiera se da cuenta de que para entrar en los templos hay que seguir un código de vestimenta, al igual que ocurre en su propio país (donde seguro que no irían a la misa en bañador), que aquí incluye pantalón largo para los hombres y, a ser posible, un pañuelo en la cabeza para las mujeres. Viendo a pardillos irrespetuosos de este pelaje, no me extraña que en los lugares turísticos los autóctonos pierdan el respeto a los visitantes y, en lugar de tratarlos como a seres humanos, los traten como a monederos con patas; y todo intercambio se mida por el potencial beneficio económico, ya que otro no trae. Todo ello por no hablar de otros efectos perniciosos del turismo de masas, el más simple de los cuales suele ser la inflación que revierte sobre la propia población local.

Por mala que sea mi memoria gráfica, sé que esa iglesia que el cobrador del autobús ha decidido que queremos ver no es la misma en la que estuve la otra vez. Tiene que haber otra por la zona, si es que efectivamente estamos en Echmiadzin. Se me ocurre que tal vez los armenios hayan montado un complot para traer a los turistas a fotografiar ésta, más pequeña, de modo que dejen en paz la principal, que equivaldría al Vaticano de la Iglesia armenia. Decidimos ir en busca de la otra.

Preguntamos al conductor de uno de los minibuses que esperan fuera. Dice que andando serán unos veinte minutos. Todo recto y en algún punto que no entendemos bien hay que girar hacia la izquierda, o hacia la derecha, tampoco nos queda claro. Igual es parte del complot. Total, que ahí vamos, otra vez los dos andando a pleno sol del mediodía sin saber muy bien adónde.

Por el camino encontramos el “Café Relax”, con su terraza a la sombra, y decidimos parar a desayunar como es debido. La camarera es muy simpática, pero a la hora de pedirle los cafés nos vemos en un problema. No queremos café soluble, sino del que hacen en esta zona del mundo en un cacito. Lo que en todas partes, que yo sepa, se llama “café turco” o “café a la turca” (excepto en Bosnia, que lo llaman, por supuesto, “café bosnio”). Pero ¿cómo decirlo en Armenia, el país que más detesta a los turcos? Por fin me viene la iluminación de haber visto que la carta de algún lugar lo llamaba “vostóchniy”: café oriental. La mujer me entiende y nos los trae. Mientras estamos esperando, a otra mesa se sienta el cobrador que antes nos mandó bajar donde la otra iglesia. Voy a preguntarle a qué se debió su decisión, pero está hablando por teléfono y simplemente me indica que la otra iglesia está un poco más adelante.

Allá vamos. Llegamos, por fin, a la iglesia que buscábamos. También hay multitud de turistas, pero se diluyen un poco más, pues el recinto es mucho mayor. Por ser domingo hay también muchísimos fieles que vienen a la misa. No sé si todos los domingos será igual o es que hoy es un día especial, pero la misa es impresionante. No alcanzo a ver mucho por el gentío que hay, pero a un lado un coro de mujeres vestidas de violeta canta bellas canciones polifónicas. En el altar (que probablemente no se llame así), como ocurre en las iglesias ortodoxas, hay puertas que se abren y se cierran y gente que entra y sale. A un lado del altar, como treinta hombres barbudos vestidos con hábitos negros y con la capucha puesta (parecen todos fornidos como un cuerpo de élite, pero puede que sea la impresión que dan el hábito y la tarima sobre la que se encuentran), apiñados, parecen estar esperando algo. Una barrera los separa de una hilera de mujeres de vestido elegante y pañuelo en la cabeza. Junto a las paredes hay una especie de mesas alargadas donde los fieles plantan delgadas velas amarillas, y es tanta la cera derretida que se ha formado una piscina en la que se reflejan decenas de llamitas titilantes. En las paredes hay imágenes de santos llenas de dorados, ante las cuales la gente reza concentrada, y a veces se acerca y las besa, o apoya la frente en ellas y cierra un momento los ojos.

Un cartel dice que no se puede hacer fotos, pero allí hay literalmente cientos de cámaras en movimiento (incluso hay gente haciendo fotos con el iPad), no todas de turistas extranjeros, sino también de armenios que quieren su recuerdo, así que venzo mi reticencia inicial y saco la mía. Y éste es el momento crítico del día. Pongo el objetivo de 50 mm para hacer fotos con poca profundidad de campo, aprovechando la luz dorada de las velas y las sombras del interior de la iglesia, y resulta que no enfoca. Tiene un frontfocus tan brutal que la escala de corrección de la cámara no basta para compensarlo. Mi cabreo es monumental. Acabo de pagar casi 500 euros en el servicio técnico para que me pongan todo el equipo a punto para el viaje (la historia, por cierto, es larguísima, pues ha durado en total como un año entre pitos y flautas, pero no voy a aburriros ahora con eso), y resulta que no va. Saco el 85, otro tanto de lo mismo. O sea, que me he venido desde Polonia con varios quilos de equipo fotográfico a la espalda que voy a tener que ir cargando durante las próximas cinco semanas (y una que llevo) para no usarlo. Y sin poder dejarlo en ningún lado, porque es equipo caro y todavía tengo la esperanza de que me lo arreglen en algún sitio. Ni me molesto en probar el gran angular, porque me temo que el problema es del cuerpo de la cámara. La rabia que me da todo esto es tanta, que el resto del día voy a estar jodido. Y el resto del viaje puede que no, porque programaré mi mente para no pensar en ello. De momento me parece que para todo el viaje a Irán me queda solamente la Fuji, que como cámara suplente es dignísima, pero como única cámara para un viaje durante el que tenía un proyecto fotográfico que realizar, dista de ser la solución ideal. Tendré que hacerme a la idea.

Durante toda la vuelta en otro bus destartalado voy furioso, y la pago con Agata. Ya de vuelta a Yereván voy a recoger el duduk que dejé apartado ayer. Luego intentamos ir a tomar un café a ver si nos da un poco de energía, pero todas las cafeterías de la avenida Abovyan nos parecen pijas y caras (entre dos y cuatro euros por un café, por muy chic que sea, y además en Armenia, aunque estemos en la capital, nos parece un robo y un gasto prescindible). Vamos al supermercado para hacer algo de compra para el viaje que nos espera mañana, pero no somos capaces de decidirnos y sólo compramos agua.

De vuelta al albergue decido que no puedo hacer nada mejor que dormir. Cuando me levanto ya es casi de noche. Miro si me ha contestado alguien de CouchSurfing y para mi sorpresa tenemos incluso demasiadas propuestas, que ahora hay que rechazar con tacto. Si CouchSurfing en otros países funcionara como parece que funciona en Irán, sería una maravilla.

Para culminar bien un día que ha sido más bien chungo, vamos a cenar al restaurante de anoche. Elegimos algunos manjares ya comprobados, como las hojas de parra rellenas, y probamos otros nuevos, como el babaganush, que no sólo no nos decepciona, sino que incluso sube el listón. Hoy también nos sale la cenaza por 8000 drams, pero nos la merecíamos.

De vuelta al albergue pagamos (casi 28.000, alrededor de 50 euros, demasiado para el sitio) y a continuación me pongo a gestionar cosas de CouchSurfing y a pasar las fotos al ordenador y darle forma al diario de viaje, operaciones que, luchando con la conexión, me llevan hasta las 2 de la mañana. Luego, entre los ruidos del pasillo y el calor, me cuesta dormirme, pero cuando por fin lo hago descanso bastante bien.


sábado, 24 de agosto de 2013

24/VIII - Llegada a Yereván (Armenia)


Llegamos sobre las 7 de la mañana. En el andén un tipo cargado de folletos nos ofrece llevarnos en su taxi en busca de albergue. Rechazamos por principio, aunque bien pensado podría habernos facilitado la tarea, ya que no tenemos ni idea de adónde ir. En la estación no vemos ninguna oficina de cambio, así que saco pasta de un cajero, dejando los euros para Irán, donde las tarjetas no sirven de nada.

Al ladito hay una estación de metro, el billete cuesta 100 drams (menos de 20 céntimos de euro), y vamos tres paradas más allá, en busca de un albergue que la guía pone muy bien.

Nos encontramos en una zona céntrica, subiendo una avenida flanqueada por edificios construidos probablemente en la época soviética con más dinero que gusto. Pesados bloques de piedra, todo líneas rectas y ningún adorno, con la seriedad de edificios que hubieran sido concebidos para funciones administrativas. En el centro casi todas las calles son avenidas, y la mitad están en cuesta. Ayuda a orientarse: hacia el norte subes, hacia el sur bajas.

El sábado la capital de Armenia no madruga. Aunque ya hace rato que ha amanecido por la calle prácticamente no se ven más que policías, militares o policías militares con diferentes uniformes (azul, verde, gris), algunos con enormes gorras de plato de indiscutible abolengo soviético. Parecen dirigirse al trabajo con sus camisas recién planchadas, muchos llevan bolsas de plástico con el desayuno.

Encontramos el albergue, la chica de recepción es muy maja y nos explica que por poquito dinero más podemos tener una habitación doble en otro albergue que tienen en la misma zona. Ya que sólo tenemos pensado quedarnos una noche, decidimos pagar un poco más y oír menos ronquidos.

En el Downtown Hostel debemos de pillarlos en el cambio de recepcionistas. Por suerte, porque la primera no habla mucho inglés ni parece capaz de tomar decisiones. Nos enseña la única doble que tienen libre en ese momento. Tiene el techo que si das un salto te rompes la crisma (no es que suela ponerme a saltar en las habitaciones, pero resulta un poco claustrofóbico), una cama directamente rota y un ventanuco que no da abasto para ventilar el pestazo a gas. Yo no estoy dispuesto a dormir ahí, de verdad que huele muchísimo a gas. Por suerte viene otra recepcionista (que habla todos los idiomas del mundo incluido español y se llama algo en armenio que suena muy raro y significa Rosa), y nos dice que enseguida se van los de otra habitación (que resultan ser tinerfeños), y que mientras la limpian y tal podemos quedarnos en la que huele a gas mientras nos aseamos. Aprovechando que los tinerfeños (que resultan ser majetes) están saliendo para desayunar, nos la enseña. Parece que está bien, así que nos quedamos.

Una vez duchados e instalados (en la habitación que mola menos de lo que parecía, porque los colchones tienen más relieve que una cordillera de dunas y por la puerta se oye todo el ruido de recepción), salimos a desayunar. 

Después tenemos una misión que cumplir: comprar billetes para irnos mañana en autobús a Teherán. Vamos a una agencia que recomienda la guía y que está muy cerca. La mujer nos dice que no quedan plazas para mañana ni pasado mañana. Tienen dos buses diarios y van llenos. Hasta el martes, nada.

Hay que ir a la estación de autobuses, a ver si hay más suerte. Nos han dicho que el bus urbano número 5 va hasta allí y para un poco más arriba en la avenida paralela. Por no subir otra vez, decidimos empezar a bajar andando hasta encontrar la siguiente parada, algo que debería ser fácil, puesto que esa misma avenida lleva prácticamente hasta la estación. Y ahí estamos, como siempre, Agata y yo caminando al sol del mediodía sin tener idea de cuánto nos queda. Porque, evidentemente, no encontramos ninguna parada por el camino. Menos mal que es cuesta abajo. Al cabo de un buen rato, al llegar a una plaza importante que no recuerdo cómo se llama, pero es donde está el Marriott, decidimos preguntar a alguien. En una heladería la chica dice que ni idea. Un taxista dice que tampoco sabe, pero llama a otro, que viene corriendo entre el tráfico desde el otro lado de la calle haciendo saltar la panza, y le dice que queremos ir a la estación de autobuses. Éste, indicando el taxi del otro, dice: “subid”. Le explico que no tenemos dinero, que estamos buscando la parada de autobús. Entonces dice: “no sé”, se da media vuelta y se va. Le doy las gracias amablemente.

Seguimos bajando, cruzamos un puente sobre un río en cuyo cauce hay más árboles que agua (de hecho ésta apenas se divisa entre el follaje), ante la fábrica de coñac “Ararat” torcemos a la izquierda y, al cabo de un rato, gracias a Agata, que lleva el GPS incorporado de serie, llegamos a la añosa estación de autobuses, que a esa hora del sábado está prácticamente desierta. La taquillera, una mujer mayor, nos sonríe amablemente y nos dice que sí, que hay billetes para mañana. Evidentemente, con tarjeta no se puede pagar (ya ni lo pregunto, no hay más que ver el sitio), así que hay que ir a buscar un sitio donde nos cambien dinero. La taquillera nos indica que hay uno cerca. Pero es sábado y está cerrado. Damos una vuelta por la zona, compramos agua en un quiosco delante de la estación, preguntamos dónde se puede cambiar dinero por la zona, y el quiosquero se golpea el pecho con la mano. Con ayuda de la calculadora para comunicarnos, nos ofrece 500 drams por euro. Estamos bastante vendidos, pero lo intentamos. Tecleo: 525. Niega con la cabeza y escribe: 520. Aceptamos, pues no nos queda otra. Cambiamos cincuenta euros y vamos a comprar los billetes. Al llegar, la taquillera dice que resulta que para mañana no hay ya, que para el lunes si queremos. Nos miramos con cara de joder-y-ahora-qué-hacemos, y mientras nos retiramos a deliberar si quedarnos un día más o coger cualquier transporte hasta la frontera y a partir de allí buscarnos la vida para llegar a Tabriz, tres polacas consiguen comprar sendos billetes a Tbilisi hablando en su lengua, sin cambiar más que “trzy” por “tri”. Esta taquillera es de las buenas.

Decidimos quedarnos un día más. Hay dos autobuses, el normal y el “VIP”, que cuestan respectivamente 23.000 y 25.000 drams. Ante esa diferencia y para tal viaje, nos inclinamos por la opción que promete ser más cómoda.

Me tienta la idea de hacer una visita a la fábrica de coñac (la Ararat o la que está justo enfrente, al otro lado del río), siguiendo los consejos de Ada y Łukasz en su blog. Podría ser una manera divertida de pasar la tarde. Pero el café de la mañana está haciendo efecto y hay que volver al albergue cuanto antes. Esta vez cogemos el autobús número 5, que es todo cuesta arriba. El bus es corto, de color violeta y con una inscripción roja sobre fondo amarillo (si mal no recuerdo) que pone “China aid”.

En el albergue descansamos un rato y después, para compensar nuestra imprevisión hasta ahora, nos ponemos a organizar el itinerario por Irán y el alojamiento para las primeras dos paradas. Ya que el billete que hemos comprado es hasta Teherán (valía lo mismo hasta Tabriz), vamos a empezar pasando unos días en la capital para luego (si por fin algo nos sale como prevemos) coger un tren hasta Mashhad, dejando Tabriz para el final. Escribo a unos cuantos CouchSurfers iraníes.

Avanzada ya la tarde salimos por fin a dar un paseo. Tiramos hacia la Cascada, una escalinata monumental desde cuya cima se divisa todo el centro de Yereván. Desde que estuve aquí hace cuatro años no han terminado de construir lo que sea que están construyendo arriba del todo, sólo están los cimientos. Pero el resto de la zona está mucho más cuidado, con un bonito parque abajo, flores por todas partes, fuentes en funcionamiento, y un montón de esculturas de estilos diversos, unas bonitas, otras horterísimas, unas negras, otras plateadas, otras de colores, unas figurativas (leones estilizados, humanos grotescos), otras abstractas, y tres árboles con hojas de vidrio de colores de diversas formas que, a la luz del atardecer, resultan incluso bonitos. No los vi moverse, pero deberían, porque recuerdan a veletas o móviles como los que se cuelgan a la entrada de las casas.

La subida nos hace sudar. En uno de los descansillos (o descansazos, por el tamaño) de la escalinata están preparando el catering para lo que parece un cóctel de inauguración. Hay camareros de pantalón negro y camisa blanca. No nos habría importado que nos invitaran a algo, pero no parece que vaya a ocurrir, así que bajamos otra vez, nos sentamos un ratito en un banco del parquecillo de abajo a observar a la gente, y decidimos ir en busca de un lugar donde cenar. Yo no tengo mucha hambre, pero no hemos comido nada desde el desayuno.

Ya cerca de la zona del albergue empiezo a reconocer calles y lugares de la otra vez. Al lado del cíber al que solía ir hay una tienda de música. Entro a preguntar por un duduk, una flauta armenia cuyo sonido, en las manos de un artista como Jivan Gasparyan, es cautivador e, incluso, perdóneseme la palabra, divino, en el sentido original del término. En una conversación bastante divertida en ruso chapurreado, quedamos en que el duduk profesional (que ronda los ciento veinte euros) es demasiado para mí en este momento, y probablemente en el futuro también. Me recomiendan uno que cuesta, con dos boquillas (una de repuesto), 23.000 drams, unos cuarenta y pocos euros. No se puede pagar con tarjeta y están a punto de cerrar, pero me lo apartan para mañana, que aunque es domingo también abren.

No vemos nada que nos convenza para cenar, así que recurrimos a la guía y, por primera vez desde que recuerdo, la recomendación es un acierto. La comida no es armenia, sino libanesa, pero todo (y son muchos los platos donde habrían podido fallar, ya que pedimos un montón de entrantes) está delicioso, especialmente para mí las hojas de parra rellenas de arroz. Agata dice que la berenjena con ajo. Por una cena que compensa todas las comidas no realizadas del día, incluyendo un par de cervezas, pagamos unos 8.000 drams (alrededor de 15 euros; con tarjeta, porque estamos sin dinero armenio) y nos retiramos contentos. Por si alguien alguna vez tiene la ocasión, se llama Lagonid o algo parecido.

En el albergue, cuando por fin al renqueante wi-fi le da por funcionar, me encuentro con que ya alguien de CouchSurfing ha contestado a nuestra petición abierta para Teherán, ofreciéndonos alojamiento para los dos primeros días en principio. Acepto la invitación y mando unos cuantos mensajes personalizados a potenciales anfitriones para la segunda parte de nuestra estancia en Teherán y para Mashhad.

A pesar del cansancio, me cuesta dormir. La cama es incómoda, hace mucho calor y hay mucho ruido en el pasillo. La palma para los que llegan de fiesta a las dos de la mañana hablando a gritos. Viva el respeto por los demás.

Algunas observaciones del día que no me han cabido antes.

Sorprende (y tanto más en contraste con lo que ocurre en la capital de Georgia, el país vecino) que los coches se paran para dejarte cruzar, un metro antes del paso de peatones si lo hay o incluso aunque no lo haya. Cruzar una carretera de ocho carriles en la que se unían una avenida de bajada, el tráfico que cruza el puente desde el otro lado del río y el que viene por el túnel fue mucho menos estresante de lo que esperábamos.

La mayoría de las chicas van vestidas y maquilladas como para un cásting de modelos, y caminan contoneándose sobre tacones altos como si ya se vieran en la pasarela.

Las recepcionistas del hotel (y hemos visto a cuatro o cinco diferentes en un día) siguen esta misma tendencia, cada una a su manera. Más que a trabajar, parece que fueran a una cena. No debe de ser nada cómodo trabajar en un albergue vestida de tal guisa, y más cuando los turistas se pasean en gayumbos entre el dormitorio y el cuarto de baño, o entran y salen con sus sandalias, camisetas sin mangas y pantalones del Decathlon.

Veo la edición armenia del Cosmopolitan. En la portada, en tonos rosas, una foto horrible de una tía que debe de ser famosa y tiene una sonrisa falsísima. Todo escrito en garabatos armenios, excepto la palabra SEX, en letras mayúsculas latinas.

viernes, 23 de agosto de 2013

23/VIII - Sarpi, Batumi, Makhinjauri y trayecto en tren Makhinjauri-Yerevan



Hoy nos toca, de un tirón, salir desde Sarpi, en la frontera con Turquía, atravesar Georgia entera y llegar a la capital de Armenia, antes de tirar hacia Irán.

Nos levantamos, nos duchamos, hacemos el equipaje, desayunamos en la terraza de la entrada (matsoni con avellanas y plátano, sandía que nos quedó de ayer y cuatro pedazos de tarta que nos trae Maia, la hija de los dueños, hecha por ella) y nos acostamos otra vez, porque nos sobra tiempo. Sobre las 11 salimos, le pagamos a la mujer (le doy 40 y me devuelve 5, no estaba muy claro cuánto nos iba a cobrar, ya que al principio habíamos regateado por dos habitaciones), nos despedimos de ella y de la hija y nos vamos con los mochilones y mucho cuidado cuesta abajo.

Enseguida pasa un autobús y tenemos la suerte de coger sitio para sentarnos. Como sardinas en lata llegamos a Batumi, bajamos cerca del lugar donde desayunamos el otro día y decidimos, aunque no tenemos hambre, zamparnos nuestro último khachapuri ajaruli de este viaje. Uno a medias hoy basta: es como un pan con forma de barca o de ojo, de unos 30 cm. de longitud y 15 de anchura, y relleno de queso salado, mantequilla derretida y un huevo poco hecho. Una bomba. Pero eso no es nada. En la mesa de al lado, un hombre mayor que no para de fumar se acaba de tomar una cerveza y ahora tiene en la mesa: una ensalada de tomate, pepino, pimiento picante y cilantro; un plato con dos racimos grandes de uvas negras; otra cerveza; una botella de medio litro de agua con gas; una botella de medio litro de Mirinda (¡sigue existiendo!); una botella de medio litro de vodka; y un vasito en el que va mezclando la Mirinda con el vodka. Y ha pedido pollo. Las camareras son mayores, secas y van vestidas como viudas de pueblo, excepto una, que también es mayor y seca, pero sonríe irónicamente y lleva el pelo teñido de rubio y permanentado, una camiseta ceñida con escote por la espalda y unos zapatos rojos con brillantitos y plataformas. Por un khachapuri, un agua con gas y un ayran nos quieren cobrar (como siempre, a ojo) siete laris. Sin mucho reproche le pregunto: ¿cuánto cuesta el khachapuri? Entonces la mujer triste hace otra cuenta rápida y dice: el khachapuri cuatro y medio, el agua uno y el ayran uno. Son seis y medio. Le doy diez y me devuelve dos y medio. Le digo: falta uno. Sin mirarme siquiera coge un lari y me lo da. Sin mirarla cogemos las mochilas y nos vamos.

A la puerta del restaurantillo hay varios puestecitos donde hombres mayores de pelo blanco y piel curtida cortan y venden pedazos de redes de pesca: están colocaditos en montones ordenados, y bastante gente se acerca a comprar. Le pregunto a uno de los hombres qué es eso, para qué sirve, y me indica por gestos (creo que es mudo) que es para frotarse la espalda cuando te duchas. ¡Una esponja exfoliante hecha con redes de pesca!

Enseguida encontramos la plaza de donde sale la marshrutka a Makhinjauri. Un hombre nos indica que es la que está saliendo, la alcanzamos, y en cosa de quince minutos estamos en Makhinjauri. Durante el trayecto nos da tiempo a observar que la gente al bajarse primero le da el dinero al conductor, luego abre la puerta y se baja, y ya desde abajo extiende la mano para recibir la vuelta en caso de que la haya.

La estación de tren de Makhinjauri (en el propio Batumi no hay) pone “Bus station” (!!!) y parece algo intermedio entre nave espacial e invernadero. Dentro, efectivamente, hace un calor sofocante. De momento está vacía. En la tiendita de la esquina venden refrescos, chucherías y acceso a wi-fi a dos laris por tiempo ilimitado. La mujer nos manda darle el teléfono y mete ella la contraseña para que no la veamos, de modo que no nos queda más remedio que pagar dos veces para poder consultar el correo por primera vez en tres días.

Salgo a comprar vituallas para el viaje. En una tienda anuncian “gariachi lavash” y, efectivamente, el lavash que me dan (por 80 tetris), recién despegado de las paredes del horno, me quema los dedos incluso a través del papelito. Lo doblo para formar dos capas, cuatro, lo agarro sólo con dos dedos y me lo paso de mano a mano, pero arde. Vuelvo a pedirles otro papelito, pues estoy a punto de soltar ya el pan, me miran como a un perro verde, pero me lo dan, y aun así aquello sigue quemando. Entro en el supermercado agarrando el lavash incandescente con los dedos de una mano e intentando sujetar entre el antebrazo y el cuerpo los productos: dos botellas de agua, cinco plátanos, dos chocolatinas de bonito envoltorio... al ir a comprar queso la mujer que lo corta se apiada de mí, me coge el lavash, lo dobla por la mitad y lo mete en una bolsa de plástico, y ella misma lleva el queso a la caja para que me cobren. No recuerdo cuanto pago, pero menos de la mitad de lo que habría pagado por la misma mercancía en Sarpi.

Sale un tren a Tbilisi, se ve moderno y cómodo. Al rato llega el nuestro. Un tren de abolengo soviético, pintado de granate oscuro y con un cartel en cada vagón que dice: “Batumi - Erevan”, en armenio y en ruso. Nuestro vagón es el 2, pegado a la locomotora. Subimos, está vacío y hace un bochorno terrible. Nos ha tocado la salida de emergencia: la única ventana que no se puede abrir. El techo del vagón está lleno de pegatinas rojas, blancas y azules. Las rejillas de ventilación, las de los altavoces, la carcasa de los fluorescentes. Los “vándalos” son los aduaneros georgianos y armenios, que han precintado todos los orificios susceptibles de ser usados como escondrijo por los contrabandistas, que deben de abundar.

Cuando por fin arranca el tren, nuestro vagón de la clase platskart (la más barata), sigue medio vacío. En nuestro “compartimento” sin puertas va también un hombre que rondará los cincuenta y se nos presenta como Kago. (Por suerte no se le ocurre reírse de mi nombre, que en ruso significa lo que significa.) Es armenio. Tiene la piel curtida, los ojos claros, el pelo corto y canoso y una sonrisa gamberra. Tiene los rasgos concentrados en el centro de la cara.

Una señora de vestido morado con flores amarillas y más dientes de oro que normales viene a sentarse con nosotros, no sé por qué, y desde el otro lado del pasillo entabla conversación. Tiene un abanico precioso que bien podría ser español, pero es armenio. Se extraña de que Agata, siendo polaca, no hable apenas ruso, dice que es bueno saber cuantas más lenguas y se pone como ejemplo, diciendo que ella es “armenia en Armenia, georgiana en Georgia y rusa en Rusia”. Nos detalla cuántas décadas de su vida ha vivido en diferentes ciudades de los tres países y cuánta familia tiene en cada lugar. Es muy simpática y dan ganas de seguir conversando con ella, pero el tren para en Kobuleti y al ver lo que espera en el andén la señora vuelve a defender su sitio.

El vagón se llena de repente. Georgianos de tez oscura y narices grandes, armenios de ojos sorprendentemente claros, una familia gitana. Pantalones cortos, vaqueros remangados, sandalias, camisetas sin mangas, algunos hombres vienen con la barriga al aire, otros directamente entran sin camisa o se la quitan nada más sentarse. (Nada que ver con el país que nos espera dentro de dos o tres días...) Bolsas de cuadros, bolsas de plástico con botellas de agua congelada, quilos de melocotones, lavash doblados por la mitad, pedazos de queso blanco y salado, mazorcas de maíz cocido, litronas de Natakhtari, termos de café. Nada más sentarse todos sacan la comida que llevan. Enseguida se extiende por el vagón un olor a pan recién hecho y a maíz. A nuestro compañero de “compartimento” se une el armenio del otro lado del pasillo (que deja sola a la que, por los rasgos, debe de ser su hermana). Sacan lavash, una especie de chorizo o de salchicha, un bote de salsa picante (a juzgar por la mueca que hace Kago al olerla), una botella de agua con gas y otra sin gas, dos manzanas, dos melocotones, varios vasitos de plástico y la botella de vodka todavía frío que Kago hace aparecer y desaparecer en su bolsa de viaje. Nos ofrecen de todo insistentemente, aunque todavía no tenemos hambre (ni nos tienta mucho la salchicha ésa). Cada vez que sacan el vodka nos ofrecen. Kago, que va ventilando la barriga hasta el esternón, nos explica que “estos georgianos” te multan con mil laris si te ven bebiendo en el tren, pero que en cuanto crucemos la frontera con Armenia podemos hacer lo que queramos, incluso viajar en el techo del tren si queremos ir más frescos. El otro compañero nos pregunta si hablamos inglés, pero debe de ser por curiosidad, porque él no parece hablarlo. Nos pregunta a qué nos dedicamos. Intentamos explicar que yo soy profesor de español y Agata diseñadora gráfica. Les preguntamos a qué se dedican ellos. El tipo contesta que es ingeniero. Kago dice que él también. Añaden que son ingenieros, pero no de cualquier tipo, sino “de alta categoría”. Y que Armenia está llena de ingenieros. Nos reímos todos un poco.

De repente viene un fuerte olor a gas, no sabemos si de fuera o de dentro del tren. Kago dice: “benzin”. Yo digo: “niet, eta gaz”. El otro dice: “entonces son las gitanas, que están cociendo unas patatitas, ja, ja, ja...”. Al poco rato una chica del “compartimento” de al lado viene con el termo a ofrecer café, que acaban de hacer en un cacito, al estilo generalmente llamado turco (y aquí “oriental”, pues con lo que detestan a los turcos no aceptarían haber aprendido nada de ellos), con un hornillo en el entrevagón. Llena dos vasitos de plástico y Kago le ofrece un melocotón a cambio, que ella rechaza. Kago dice que tomemos café, pero tampoco queremos. ¿Ni salchichorizo, ni vodka, ni café? Nos da por imposibles. La verdad es que el olor del café tienta, pero a las cinco de la tarde, cuando todavía nos quedan catorce horas de tren y toda la noche por delante, paso de tomar cafeína.

La gente poco a poco va yendo a pedir sábanas al revisor y montando sus camas. Algunos conversan, otros dormitan, otros juegan a las cartas, otros fuman entre vagón y vagón y escapan cuando se acerca el revisor, que a su vez fuma a escondidas en el espacio que queda entre la locomotora y el primer vagón. Agata se pone a leer y yo a escribir.

A las siete de la tarde los ingenieros ya casi se han terminado la botella, tienen la cara enrojecida, los párpados pesados, la mirada perdida y la boca entreabierta. Parece que ya no les queda mucha cuerda. Sacan una lata de medio litro de cerveza alemana, me ofrecen otra vez, pero rechazo. El ingeniero nos hace (supongo que más a Agata) fotos de extranjis con el móvil, pero no tenemos derecho a enfadarnos, pues antes hemos hecho lo mismo con la cámara como quien no quiere la cosa. Tras un largo silencio, el ingeniero decide presentarse. Levanta el culo unos centímetros del asiento, me tiende una mano un tanto pegajosa y dice en ruso: “ja, Karen”. Le pregunto para confirmar: “¿Jakaren?”. “Karen” solamente. Me mira fijamente y dice algo así como: “eres un tío tranquilo, se nota que eres buena persona, que eres profesor”. Sonrío sin saber qué decir, sin darle mucho valor al halago de un borracho, pero él sigue la conversación, mientras la chica que ha dejado sola se ríe y le hace gestos como de que voy a pensar que me está tirando los tejos. Y ahí empieza una conversación cuyo transcurso soy incapaz de recordar, pero que nos lleva por temas como las diferencias regionales, las lenguas, el genocidio armenio, los equipos de fútbol, de los salarios, de la estructura familiar y las tradiciones, de la situación económica de Armenia desde la caída de la URSS y del arca de Noé. Algún fragmento de la conversación (o más bien monólogo de Karen con intervenciones de Kago, asentimientos por mi parte y algún que otro comentario de la vecina) pudo ser así:

“¿En tu país hay diferencias entre los de un sitio y los de otro? Por ejemplo, ¿cómo se llama la capital? ¿Y hay diferencias entre los de Madrid y los de Cataluña (por La Coruña)? Claro. ¿Y quiénes son mejores? ¿Los de tu ciudad o los de Madrid? ¿Cómo que da igual? ¿Ah, ves? Los de tu ciudad. Pues en Armenia igual. Los de Gyumri, los de Dilijan, todos son mejores que los de Erevan.”

“¿En tu país no se aprende ruso en la escuela? ¿Se aprende inglés? ¿Y en tu país creéis en el genocidio armenio? Sólo hay dos países en el mundo que no reconocen el genocidio armenio: Turquía y Estados Unidos. En todas partes, en Europa, en África, en Australia, reconocen el genocidio armenio. Sólo haría falta que Estados Unidos lo reconociera para que a Turquía no le quede más remedio que hacer algo. Pero sólo faltan dos años para que se cumpla el centenario y ya no se pueda hacer nada. ¿En tu país es igual, que cuando pasan cien años ya todo se olvida?”

“Deportivo de La Coruña, sí... ¿Y conoces a un jugador armenio que se llama Nosequé? Juega en el segundo equipo de Alemania. Y –aquí interviene Kago– el hijo de un amigo mío juega en el segundo equipo de Madrid. (Entiendo que se refiere a la cantera del Real Madrid.) Si te digo el apellido y preguntas por él, seguro que la gente lo conoce. Se apellida M... Y el equipo de Armenia, Ararat, una vez fue campeón de Unión Soviética. No, no es el equipo de ninguna ciudad, es el nombre que recibe la selección armenia: Ararat.”

“¿Y en tu país, como profesor, cuánto ganas, si se puede preguntar? ¿Y con eso se vive bien? Con ese dinero, en Georgia vives como un rey. Y en Armenia –Kago hace un gesto como si se rebanara la garganta con la uña del pulgar– vivirías como te diera la gana, no te faltaría de nada. ¿Pero tienes hijos, tienes familia? Para nosotros la familia son: primero, el padre y la madre, después la mujer y después los hijos. Yo vivo con mi madre, mi padre murió hace poco, mi hermano y mis hijos. ¿Te sorprende que tanta gente? En Armenia es normal. Imagínate que él –señala a Karen–, tú y yo somos hermanos. Tú eres el mayor, te casas y te vas. Luego él se casa y se va. Y yo, el menor, me caso y me quedo con mis padres y los cuido hasta el final, y luego su casa será mía. Ésa es la tradición en Armenia. No sólo en Armenia –aquí interviene la chica, a la que me cuesta mucho más entender porque habla bien ruso–, sino en todos los pueblos del Cáucaso: en Armenia, en Georgia, en Daguestán...”

“Imagínate que en Armenia somos tres millones. Solamente para comer, sin contar el transporte ni nada, hacen falta tres millones de dólares al día como mínimo. ¿Y de dónde sale ese dinero? Porque de Armenia, no. En Armenia nadie hace nada, nadie produce nada. Antiguamente, en tiempos de la Unión Soviética, sí, había fábricas, había agricultura. Ahora todo ese dinero viene de fuera, de Rusia, de América, de España... En España hay muchos armenios. Cerca de Barcelona –dice la chica– hay muchísimos armenios, lo sé porque he estado –a estas alturas es cuando me entero de que habla tan bien ruso porque de hecho es rusa–. En Armenia ves a la gente descansando –Karen hace gesto de tumbarse a la bartola con las manos debajo de la cabeza– porque todo ese dinero les viene de fuera.”

“¿Sabes de historia? Antiguamente Armenia era mucho más grande, era enorme, llegaba de mar a mar –no me atrevo a preguntar de qué mar a qué mar, pero lo miraré en internet en cuanto pueda–. ¿Sabes Van? –Yo pregunto: ¿en Turquía?– Sí, en Turquía. Pues hasta más allá era Armenia. Y vinieron los turcos y echaron a la gente y llevaron a cabo el genocidio. Y se quedaron con el monte Ararat, donde estuvo el arca de Noé. –Y, como no entiendo esta parte en ruso, me explica: –Noé, ¿entiendes? Lluvia, lluvia, lluvia... las montañas... y el arca.”

Bueno, más o menos así debió de ser la conversación. Acabadas la botella y la lata, mis nuevos amigos armenios deciden irse a fumar. Le comento a la chica que me cuesta mucho más entenderla a ella porque habla más rápido. Se ríe un poco y dice: es que ellos no hablan bien ruso. Pues pasa como con todos los idiomas: se entiende mejor a los no nativos. A la vuelta Karen le pregunta a Agata qué está leyendo. Nos cuesta un rato explicar lo que es un diario de viaje. No está claro que lo hayamos conseguido, pues uno le aclara al otro: sí, hombre, un poema épico...

Intento ir al baño, pero el del principio del vagón está cerrado, espero un rato, pero nadie sale. El revisor dormita en un cuartito al lado, tirado en camiseta interior sobre un montón de paquetes de sábanas. Voy al del final del vagón, pero hay cola. Cuando por fin me toca, aquello está tan asqueroso que paso de entrar en chanclas. Con botas de montaña no me habría importado. Voy al del vagón siguiente, pero justamente el tren para en alguna estación. Mientras espero en el descansillo no paran de entrar y salir varios tíos sin camiseta ni educación. Por fin el tren arranca, voy al baño de al lado, que todavía está aceptablemente limpio. Sólo hace falta pulsar el pedal de desagüe, cosa que parece que los cuatro o cinco anteriores no han sido capaces de hacer, a pesar de que hay un cartelito que lo pone bien claro en ruso y en dibujo. En la taza del váter veo dos fragmentos que primero me parecen los topes de la tapa, y luego me doy cuenta de que son áreas antideslizantes diseñadas para quien quiera poner ahí los pies para usarla al estilo oriental. El grifo también tiene truco: se acciona con una palanquita que tiene debajo cual barba de pavo.

Cuando por fin vuelvo estos dos se han ido otra vez a fumar. Le pregunto a la rusa cómo se dice “sábanas”, me lo repite varias veces, pero no lo pillo. Una de las chicas del compartimento de al lado me dice: “ven”, y me acompaña hasta el cuchitril del revisor, llama a la puerta, pero está cerrada, alguien le indica que está al otro lado de la puerta que separa la locomotora del primer vagón, la chica la abre y de allí sale el revisor junto con los dos ingenieros y una gran vaharada de humo de tabaco. El revisor me da dos juegos de sábanas y la chica después, por si acaso, me indica dónde están los colchones y las almohadas. Y eso que viajamos en la clase más barata, no sé cómo serán las demás.

Agata va al baño del vagón de al lado, pero un tipo que está a la cola la interpela: ¿en tu vagón no hay baño? Agata le contesta que no, y el tipo va a chivarse al encargado de su vagón, al que parece no importarle demasiado (o no le apetecerá pelearse con una guiri con la que no tiene ninguna lengua en común). Pero cuando por fin le toca el turno, el cascarrabias ha dejado tal panorama que ya no está muy claro cuál de los baños está peor.

Karen me sorprende recogiendo la basura que habían dejado en la mesa. En los extremos del vagón sigue habiendo revuelo, en el centro todavía la gente charla, pero ya van preparándose para la noche, parece. Agata, metida en su camita, sigue leyendo a Bouvier y a las 9 y pico decide dormir (ella, que es capaz de hacerlo en cualesquiera condiciones). Por el pasillo pasa una mujer que lleva a una niña de la mano, y en la otra una sillita rosa, supongo que camino del baño. Llegamos a Tbilisi. Kago no sé dónde está, Karen y la rusa dejan un bolso a mi cargo y bajan a fumar. Enseguida se me enciende una lamparita roja: equipaje ajeno en mi litera en un tren de contrabandistas. Pero no le hago caso.

El tren está un buen rato parado. De repente aparece por el pasillo la señora del abanico y los dientes de oro, de la que ya me había olvidado. Viene a quejarse del calor que hace y a despedirse. “Qué calor...”, “Sí, mucho”, “¿Y tú por qué no estás durmiendo?”, “Estoy escribiendo, pero enseguida me acostaré”, “Pues hasta luego”, “Buenas noches”.

Seguimos parados, los ingenieros armenios y la rusa han vuelto, Kago ha trepado con dificultad a la litera de arriba, se oyen algunas risas de mujeres, llantos de niños, tamborileos de hombres nerviosos, todo se confunde en un rumor. Y, cuando parece que se está instalando el silencio, de repente Kago suelta: “tqeli simindi”, y todo el vagón (bueno, los compartimentos contiguos al nuestro) se echa a reír. Es lo que gritaban los que pasaban vendiendo chucherías por las playas georgianas y significa, creo, “maíz cocido”. Se nota que son todos armenios que vienen de la playa. Todavía oiremos varias veces más, en diferentes puntos del vagón, a alguien decir “semindi” y al resto reírse.

Un rato antes de la medianoche, el control de pasaportes georgiano. Unos tipos de uniforme azul marino y gesto serio se suben al tren, cogen nuestros pasaportes escudriñando la foto y luego nuestra cara y se los llevan, para traérnoslos de vuelta al cabo de un rato. Y ya casi a la una de la mañana, cuando ya todo el mundo duerme en el vagón (menos yo, que sigo escribiendo), el control armenio, que es de risa. Al principio, como en una película de ciencia ficción, suben unas mujeres con bata blanca. La primera pasa sonriendo, la segunda viene armada con una especie de pistola que apunta a la cabeza de cada pasajero. En el visor le aparece la figura de la cabeza y, en diferentes colores, la temperatura. ¿Qué pasa, que si llego a venir anteayer, con una indigestión o algún virusillo, no me hubieran dejado entrar? Luego vienen los del uniforme, esta vez de color claro, y con unos aparatejos que parecen máquinas de escribir con pantalla de ordenador antiguo. Uno de ellos se sienta sin más en la cama de la rusa, planta allí su maquineja, nos exige los pasaportes, los pasa por el lector, los comprueba, los sella y se va.

Es la una de la mañana, el tren sigue parado, yo llevo varias horas escribiendo y me estoy quedando sin batería, así que habrá que dormir algo. Encogido en la litera que comparto con mi mochila.

jueves, 22 de agosto de 2013

22/VIII - Sarpi


Carmen e Izaro vienen a despedirse, se van a las montañas. Nosotros nos quedamos un día más. Desayunamos yogur con avellanas y decidimos ir hasta Gonio, por variar. Pero no andando, como ayer las chicas, sino en marshrutka, pues no nos parece un gran plan caminar por esa carretera tan transitada.

En Gonio pasamos de buscar la fortaleza y nos vamos directamente a la playa, donde pasamos parte del día (hoy sin tumbonas ni sombrilla).

Volvemos a Sarpi, compramos una sandía en un puesto cuyo dueño no intenta timarnos, subimos a casa para comérnosla casi entera y echar una siestecilla.

Por la tarde bajamos otra vez a la playa a leer un rato. La puesta de sol es espectacular: el sol parece una enorme boya naranja hundiéndose en el agua. Nunca había visto un sol así. El cielo se muestra más comedido, con tonos pastel lilas y rositas.

Por el camino de vuelta compramos tomates, pepinos, cilantro y queso. Ya en casa todo el mundo me pregunta qué tal mi barriga. Se ve que ya somos “de la casa”, pues nos invitan a cruzar la línea divisoria y entrar en la cocina, coger platos, cubiertos y un trozo de pan. Nos ofrecen más comida, pero mi estómago no está todavía para experimentos.  Luego no nos dejan fregar nada. En la cocina están Tsitsino, Maia (su hija), la mujer de la familia azerbaiyana que está en las otras habitaciones, y su hija. En la mesa del primer piso están Zebur, Mamuka (su hijo), el azerbaiyano y otro hombre que no conozco. Ellas preparan la cena y se la comen en la cocina. Ellos se sientan en la terraza, con las botellas. Nos ofrecen comida y bebida, pero rechazamos. En otras circunstancias me habría sentado con ellos para participar en la conversación (que de todos modos es en ruso porque el azerbaiyano no habla georgiano).

miércoles, 21 de agosto de 2013

21/VIII - Sarpi


Dormimos bastante bien. Bajamos todos a desayunar a la plaza de al lado de la frontera. Zebur nos ha recomendado un sitio, pero está vacío, así que nos sentamos donde hay más gente y pedimos varios tipos de khachapuri para probar. Graso error: no están frescos y, tal vez por eso, yo acabo todo el día con dolor de barriga.

Carmen e Izaro tienen ganas de pasear y se van andando hasta Gonio, el pueblo anterior, donde hay una fortaleza no sé si romana. Agata y yo queremos playa, pues en Irán poca vamos a ver, así que nos pasamos el día leyendo tirados en sendas tumbonas y bajo una sombrilla, que yo no me encuentro bien y necesito comodidades. No como nada en todo el día, aparte de un puñadito de avellanas.

Por la tarde me duele muchísimo el estómago y me meto en la cama antes de que anochezca. Tengo 38ºC. Agata va a preguntar a los dueños si tienen algo para estos casos, y (por lo que me ha referido) ahí empieza un interesante debate sobre mi barriga, lo que produce y lo que deja de producir (y la verdad es que lleva varios días poco productiva), que acabará implicando a medio vecindario. El consejo decide que lo que me hace falta es... agua con gas (el agua georgiana es bastante medicinal, con su alto contenido en bicarbonato; bueno, no lo he estudiado, pero sabe a bicarbonato y produce unos eructos tremebundos). Así que Agata me trae una botella, me tomo unos tragos, pero me duele más todavía. Al final consigo dormirme, mientras Carmen e Izaro dan buena cuenta del vino prometido por Zebur.

martes, 20 de agosto de 2013

20/VIII - Sarpi


La marshrutka nos deja en Sarpi, a escasos quince metros del puesto fronterizo. Al otro lado se ve la bandera turca y el minarete de una mezquita. Echamos a andar en busca de alojamiento, vemos un cartel de “se alquila habitación” (en ruso, claro, no en español) y entramos en el patio de una casa. A nuestro encuentro sale Revazi, un simpático señor moreno de pelo blanco y escaso, bañador de flores y camiseta interior bastante blanca. El precio que nos dice triplica nuestro presupuesto, pero, en vez de intentar convencernos o empezar a regatear, dice que conoce a alguien que alquila una habitación por el precio que nos interesa, sólo que un poco más arriba. Llama por teléfono y pronto estamos los cinco metidos en su Mercedes, que conduce cuesta arriba por callejones de cemento gris y esquivando paisanos como si llevara un coche de rally por amplios caminos de tierra. Enseguida estamos arriba. Nos deja allí diciendo que si no nos gusta lo que nos ha propuesto, podemos preguntar en las casas de la zona.

Nos recibe una mujer muy morena y rechoncha, nos enseña dos habitaciones con balcón y baño, una más nueva y otra menos, quedamos en 70 laris por noche por todo, que es más de lo que nos gustaría pagar, pero parece que no mucho para ser un lugar de veraneo.

La playa: de pedruscos dolorosos, como la de Batumi. Hay que dejar las chanclas en la misma orilla, y después de nadar salir por el mismo sitio por el que has entrado. Yo, que me desoriento mucho cuando nado, acabo sufriendo durante centenares de metros. Así me imagino el infierno de la mitología georgiana: condenar a los malos a vagar descalzos eternamente por las playas del Mar Negro... El agua: entiendo por qué el Mar Negro se llama así. Vale, no es negra, pero el Mar Gris Oscuro Tirando A Verdoso no vendería nada. Desde fuera sólo se ve un reflejo plateado, y una vez te sumerges la visibilidad es como de dos metros. Los rayos del sol crean interesantes efectos, pero apenas calientan la superficie. Uno se mete a metro y medio de profundidad y la temperatura desciende súbitamente varios grados. Si vas pegado al fondo, puedes ver algunos pececitos oscuros (en tres días una vez vi un banco de peces un poco más grandes y brillantes). Hay bastantes medusas, que flotan tranquilas como amapolas blancas. Con la poca visibilidad que hay, generalmente cuando las divisas ya tienes poco margen de maniobra. Por suerte su picadura es muy leve.

La playa está plagada de tumbonas de plástico blanco, que se alquilan a un lari la hora y que son aquí bastante más necesarias que en cualquier otra playa que haya visto hasta ahora, ya que encontrar una postura cómoda sobre los pedruscos resulta harto difícil. Con las tumbonas se alquilan también sombrillas y, aunque también hay bastantes, debería haber más, a juzgar por el color de la espalda de muchos de los turistas.

La gente: principalmente georgianos, armenios, azerbaiyanos, turcos, rusos (algún que otro ucraniano o polaco... y nosotros). Se pasan el día en la playa, fumando y haciéndose fotos, y lo dejan todo lleno de basura. Pasa gente con bolsas y cubos pregonando su mercancía: pipas, gusanitos, avellanas, agua, cerveza, café helado... (Me acuerdo de aquel anciano que, hace veinticinco años, recorría la playa de Almería con su camisa abierta y su sombrero, gritando: “pataaaataacacahuépipaaa”.) Pasa una mujer con un paraguas enganchado a la cabeza y una bandeja de cafés helados, pasa un niño cargando un cubo casi tan grande como él lleno de latas y botellas, pasa una viejita encorvada trastabillando con un montón de bolsas de gusanitos y palomitas, pasa una señora de dientes de oro a la que cada día le compraremos un par de puñados de avellanas tostadas, y el último día nos regalará un puñado más.

El pueblo: una carretera que discurre a lo largo de la costa y lleva directamente a la frontera turca. La frontera: una construcción alargada pintada de blanco que parece un peaje de autopista con diez o doce entradas, rematada por una extraña cresta que se eleva varios metros. A este lado de la frontera, cincuenta metros antes, una iglesia (con esa mezcla entre arquitectura ortodoxa y católica que presentan las de aquí). Al otro lado, unas decenas de metros más allá, una mezquita con un solo minarete. Por la carretera circulan, o lo intentan, coches con matrículas diversas (georgianas, turcas, azerbaiyanas, armenias, rusas, alemanas...), autobuses turcos, tráilers turcos, marshrutkas que llegan hasta la frontera para tocar la pared y volver hasta Batumi... La plaza que queda justo delante del puesto fronterizo parece una colmena, y más al anochecer, con todas las luces rojas y verdes de los carriles de entrada, y la iluminación de los bares, tiendas, puestos de apuestas, casas de cambio... Las tiendas: todo caro, algunas cosas cuestan el doble que en la capital, tampoco hay mucho donde elegir. Los precios no están puestos, te cobran a ojo y no te queda otra que acatar o darte media vuelta e intentarlo en otra tienda. En una tienda pregunto el precio de la garrafa de cinco litros de agua y la vieja levanta tres dedos y enseguida añade otro, así que me voy sin más (ayer pagué por diez litros tres laris). El pueblo: en la carretera principal, tiendas caras, casas que alquilan habitaciones. Subiendo por la empinada y zigzagueante carretera de cemento, casas sin revoque ante las que aparcan Mercedes. La gente: a la puerta de la peluquería dormitan varios hombres. Al vernos pasar, uno, con aliento de borracho, pregunta en ruso: “otkuda vy?”. Lo más importante es situar al otro. Luego, cada vez que pasemos, intentará invitarme a un trago. La frontera: a escasos cien metros, tras unas tiendas, todos los días hay un grupo de gente que desde lejos parecen terroristas suicidas ayudándose unos a otros a colocarse los explosivos a la cintura, pero ya de cerca resultan ser matuteros atándose al cuerpo decenas de cajetillas de Marlboro y Winston. Son como veinte y hay más mujeres que hombres.

La fauna: gallos programados con la hora de Greenwich, pues empiezan a cantar a las nueve de la mañana y luego siguen hasta que se hartan. Mosquitos feroces que pican sobre todo por el día (pero por suerte no me producen tanta reacción como los polacos, por ejemplo). Algún que otro perro suelto, uno ladra una noche como si estuviera poseído. Gatos grises recién nacidos. Golondrinas que anidan en nuestra terraza. Y unas maripositas triangulares de alas negras con dos franjas amarillas, que están por todas partes. Por la noche pululan por el techo de la habitación, caminando despacito, parándose cada dos por tres y girando noventa grados, como aviones dubitativos en la pista de despegue. Por la mañana siembran el suelo, inertes y descompuestas, como un confetti triste.

La primera noche. Desde nuestro balcón de suelo de cemento se divisa el valle entero, con el puesto fronterizo que lo corta por la mitad. Las luces de la plaza parecen de una discoteca. La mezquita del otro lado, con su minarete iluminado de verde, parece un cohete a punto de despegar. Tenemos tomates y sandía. Mientras Carmen e Izaron charlan sentadas a la mesa de la terraza del primer piso y Agata lee en la cama, el dueño de la casa, que está sentado en un patiecito que hay fuera, me indica que vaya a sentarme con él, cosa que hago, y charlamos un rato. Se llama Zebur, con su panza cubierta con una camiseta interior y su cabeza calva parece un conguito blanco, y es muy simpático. Habla despacio para que lo entienda. Me pregunta si me gusta Georgia. Me cuenta que Sarpi era un solo pueblo hasta que los turcos lo invadieron y acabaron quedándose con la mitad que hoy en día queda al otro lado de la frontera (y que sigue llamándose Sarp), dejando a algunas familias partidas por la mitad. Por eso no le caen bien los turcos. Me pregunta cuánto gano, intento decirlo en ruso, pero mientras encuentro los números él intenta ayudarme: ¿cinco mil, seis mil? Para no explicarle todos los detalles de mi situación le digo que mil doscientos euros, y él me sorprende diciendo que le parece poco. Bueno, a mí también. Dice que él es un simple obrero y gana unos quinientos euros al mes, pero que con eso le da para alimentar y vestir a la familia. Luego, alquilando las habitaciones, viven bastante bien. (La casa debe de tener en total como trescientos y pico metros cuadrados, que es casi ocho veces más que la mía; y en el salón tienen un televisor de plasma de casi metro y medio de anchura.) Dice que con mi sueldo en Georgia viviría como un rey. Él está casado (la mujer se llama Tsitsino o algo parecido) y tiene una hija de 17 años (que se llama Maia y está supervisando la conversación desde el balcón, ayudando de vez en cuando porque sabe algo de inglés) y un hijo de 13 años (que se llama Mamuka). Charlamos un rato más, pero ya se hace tarde y me voy a acostar. Nos promete invitarnos a una botella de vino al día siguiente. Lo dejo fumando en el patio.

lunes, 19 de agosto de 2013

19/VIII - Batumi


Llegada a Makhinjauri, no porque nos interese el lugar, sino porque es la estación de tren más cercana a Batumi. Nos asedian los taxistas y los que ofrecen habitaciones. Unos no dejan hablar a los otros y aquello es un lío. Una viejita de pelo blanco y dientes de oro nos ofrece algo en Batumi por quince laris por persona. Nos parece muchísimo, pero insisten en que vayamos a verlo, y si no nos gusta, pues nada. Llegamos, es una casa que no está en Batumi, sino a diez minutos en marshrutka (las furgonetas que suplen el escaso transporte público), previo paseo de otros cinco. Está construida como a retazos, sin terminar, aquí yeso, aquí una barandilla bonita, allí otra fea, aquí chapa ondulada... No hay agua, dicen que porque ayer llovió tanto que hubo inundaciones y cortaron el suministro, pero vendrá enseguida. Estamos un poco atrapados en medio de la nada, pero decidimos quedarnos y aprovechar el día. Ahora las viejitas son dos, pues se ha unido la hermana, que lleva el pelo teñido de naranja y va vestida de negro. Dicen que tenemos que quedarnos más de un día, pues si no no les compensa: que hoy todavía llegarán tres trenes más cargados de turistas. Sabemos que esto no es del todo cierto, pues es fin de temporada y está haciendo mal tiempo. Quedamos en que si nos gusta, nos quedaremos hasta tres días y, si no, pues no. Entonces quieren cobrar. Nos paran en el pasillo justamente cuando yo me dirijo al baño, con el papel higiénico en una mano y las toallitas en la otra. Dicen que son veinte por persona. Nosotros, que antes nos dijeron claramente que quince. Ellas, que quince en Makhinjauri, pero que aquí, en Batumi, son veinte. Nosotros, ya cabreados, que esto ni siquiera es Batumi. Ellas, que hay que pagar el taxi. Nosotros, que nadie les mandó coger un taxi para traernos a este agujero, y que en cualquier caso ese no es nuestro problema. Ellas, que veinte. Total, que decidimos irnos de allí, yo vuelvo con el papel y las toallitas a mi cuarto, hacemos el equipaje, nos lo ponemos a la espalda y ya vamos a salir de allí cuando vuelven las viejitas, conciliadoras, nos dan palmaditas en la espalda y nos sonríen, diciendo que nos va a gustar mucho el sitio y que seguro que nos quedamos más días. Nosotros ya sabemos que no.

Batumi. De lejos: un skyline como de Manhattan, con la silueta del Empire State, otros rascacielos... y una noria. De cerca: la noria no funciona, los rascacielos están sin terminar. Playa pedregosa, sillas de plástico, música electrónica, mezcla de poseteo y palurdez. Un paseo marítimo largo y muerto. Arquitectura caótica. Alguien le dijo a Agata que Batumi era “una calle y el resto, slums”. No sé quién sería el iluminado, pero ni había visto nunca un auténtico slum, ni probablemente había visto el propio Batumi, que, si bien es cierto que parece estar entero en construcción, dispone de una zonita de callejuelas con mercados de comida altamente interesantes. Todo lo cual no quiere decir que la ciudad mole. No nos gusta a ninguno de los cuatro. Tras un copioso desayuno (de cuatro enormes khachapuri ajaruli, supuestamente típicos de la región, tres cafés con posos y un agua); un rato en la playa, sufriendo con los pedruscos y luchando con las olas; una larga caminata al sol por el triste paseo marítimo; un descanso (cabezada sobre la mesa incluida, en mi caso) para tomar agua en la terraza de un bar; otra larga caminata de vuelta por el interior de la ciudad; y una comida regularcilla en un restaurante carillo (que eligieron las chicas teniendo el cuenta la probable limpieza del baño), cogemos un autobús para volver a nuestro alojamiento.

Por el camino compramos una sandía, luego pan, queso, tomates, yogur y vino casero que nos trasvasan a una botella de litro de agua, y organizamos una cena en el balcón. Hoy tampoco hay agua en la casa de las brujitas, así que bajo a comprar dos garrafas de diez litros de agua y nos lavamos los cuatro con agua mineral para acostarnos, por fin, limpitos.

domingo, 18 de agosto de 2013

18/VIII - Tbilisi y tren nocturno a Makhinjauri


Recogemos el equipaje y dejamos las mochilas en el área común del albergue hasta la noche. A Carmen, que le gustan mucho esas cosas, le apetece ir hasta el museo etnográfico al aire libre, donde hay casas georgianas tradicionales traídas pieza a pieza de diferentes regiones del país. A nosotros nos da un poco igual, pero como no tenemos ningún plan mejor, vamos hasta allí.

Para bajar del autobús nos hacemos un lío, Agata e Izaro se bajan antes y Carmen y yo, que estábamos todavía asegurándonos, seguimos una parada más. Por suerte están cerca. Luego queda una buena subida a pie (un borrachín nos indica que cojamos un taxi o hagamos autostop, pero a nosotros de vez en cuando nos gustan esas subidas para hacer ejercicio; lo único malo es que se suda bastante). Las casas del museo, efectivamente, molan bastante, y en cada una hay una mujer que, en inglés o en ruso, nos explica muy bien la función y la historia de los distintos elementos. También es verdad que después de tres casa a mí ya me basta. Pero el terreno es inmenso y nos perdemos un poco.

Emprendemos la vuelta andando, paramos a comer en un restaurantucho donde tienen comida preparada que venden al peso. La verdad es que está todo malo. La camarera, que no habla ni inglés ni ruso, se niega a calentar el pescado en el microondas, porque apesta. Lo explica tapándose la nariz con los dedos y poniendo mueca de asco.

Decidimos ir a dar una vuelta a la zona de Marjanishvili, al otro lado del río, pero, por supuesto, echamos a andar sin saber cuánto queda, el camino se eterniza, luego nos pasamos de largo del lugar donde habría que girar, y acabamos de vuelta en la plaza de Rustaveli. Estamos vagos y decidimos que lo mejor es comprar agua y refrescos y sentarnos en un banco. Nos los tomamos en una plaza donde el centro está ocupado por una enorme explanada cubierta de alfombrillas de colores como de ducha de piscina pública con roña de lustros, de las que brotan chorros de agua entre los que corretean críos y no tan críos: las madres vienen preparadas con toallas y ropa de recambio. Es un parque bastante particular, pero adecuadísimo al calorazo que hace. No sustituye a una playa, pero refresca.

Cenamos temprano. Volvemos al albergue, cogemos la mochila y echamos a andar, entre una lluvia que arrecia por momentos. Todavía falta un trecho para llegar a la estación de metro y estamos empapados, así que nos refugiamos bajo una cornisa, paramos un taxi y para explicarle que nos lleve a la estación (todos nos hemos olvidado súbitamente de las palabras vokzal, poezd, etc., pero de todas formas el hombre no habla mucho ruso) tenemos que imitar el chacachá del tren. De camino entre la tormenta nos damos cuenta de que el vehículo no lleva taxímetro. Al llegar, ya dispuestos discutir ferozmente, le preguntamos cuánto, el tío pone el ojímetro y decide cobrarnos diez, que para ser un timo tampoco lo es tanto. Parece más bien un redondeo, y nos sale a menos de cinco euros a repartir entre cuatro. Mientras esperamos el tren, Agata y yo cumplimos nuestra primera tarea en ruso: enterarnos de si existe (como dice la guía, de la que no siempre puede uno fiarse) un tren de Batumi directamente a Erevan (o Yereván) y, dado que sí, comprar sendos billetes para dentro de unos días.

El tren va hasta los topes. Nos han tocado cuatro sitios en cuatro compartimentos diferentes (por lo menos, del mismo vagón). Después de una hora de barajar lugares, Carmen e Izaro consiguen cambiarse al mismo compartimento. Yo le dejo mi sitio a una chica para que pueda ir con su compañera, y Agata el suyo a no sé quién, pero no logramos ir juntos. A mí me toca con una vieja que habla a gritos, lleva la ropa llena de lamparones, huele mal y empieza a roncar en cuanto el tren se pone en marcha, pero luego se despierta por la noche y se pone a gritar otra vez; una niña de como seis añitos guapísima que sonríe y no dice ni mu, y que debe de ser la nieta de la bruja, pero espero que sea adoptada; y un tipo bastante memo que huele como si hubiera confundido el camembert con el roll-on, pone los pies en mi colchón (hasta que le llamo la atención) para hacer su cama (operación que le lleva como quince minutos; a mí me llevó como dos y sin necesidad de pisar su cama) y, nada más apagar la luz, saca el móvil y, sin ni siquiera quitarle el sonido, se pone a jugar a un juego de disparos (hasta que, nuevamente, le llamo la atención). No cuál es la relación familiar del memo con la babayaga, pero haberla hayla. Hace falta dormir con la puerta abierta, porque al bochorno que ya hace se unen los efluvios de la familia camembert, de modo que aseguro el equipaje como puedo. Tengo que colocarme en diagonal, encogerme y respirar poco profundo para caber en la litera. Tardo en dormirme, pero al final encuentro la postura y lo consigo, y durante al menos tres horas duermo profundamente. Hasta que, a eso de las cinco de la mañana, Babayaga empieza a gritarle a Camembert, y así se pasa como media hora. No sé si es que se han pasado la parada o qué...

sábado, 17 de agosto de 2013

17/VIII - Tbilisi (Georgia)

Despegamos de Varsovia el 16 de agosto a las 22:40 en un Embraer chiquitito. El vuelo se supone que dura tres horas y media, pero el viento nos favorece tanto que en dos horas y cuarenta y cinco minutos estamos ya en Tbilisi. Es increíble lo cerca que está Georgia, y suena como si fuera otro mundo.

Es curioso, el país se llama en español Georgia, en muchas otras lenguas algo parecido. En polaco, al igual que en otras lenguas eslavas, es Gruzja (pronúnciese /grúzja/, con la z como ese sonora y la j como semiconsonante palatal), pero en georgiano es Sakartvelo. La capital en georgiano se llama Tbilisi. En español en teoría es Tiflis, pero me gusta mucho más cómo suena en georgiano, así que ése será el nombre que use.

Entre que recogemos el equipaje y cambiamos algo de dinero dan las cuatro. Según  la guía hay un tren a la ciudad ya a las 6 de la mañana, pero el chaval de información (al que despertamos) dice que el primer transporte es un bus, y a las 7. Debajo de unas escaleras mecánicas hay un cuadrado con hierba artificial que tal vez esté pensada como jardín barato, pero que es genial para descansar. Saco la esterilla de yoga y nos tiramos a dormir un rato. A pesar de las llamadas de embarque, logramos echar una cabezada; al fin y al cabo nos hemos pasado la noche en vela.

Cogemos el bus de las 7, amarillo y corto. Se llena tan rápido que hay que pasar el dinero de mano en mano para que llegue al cobrador, que lo mete en una cajita plateada y vuelve a poner en circulación los billetes entre los pasajeros.

Reconozco Tavisuplebis Moedani (la Plaza de la Libertad) con su San Jorge doradísimo sobre una columna, y la calle Rustaveli. Nos bajamos al lado de la Ópera y encontramos fácilmente el albergue Ori Beli. Llegamos antes de las 8 y la habitación está todavía ocupada, pero la chica nos hace un sitito en el sofá y Agata se tumba un rato más. Por suerte varios huéspedes abandonan pronto el dormitorio y ocupamos nuestras literas. Mientras Carmen e Izaro vienen desde el albergue en el que han tenido que quedarse esta noche, Agata duerme un poco más y yo aprovecho para hacer algo de yoga, pues mi cuerpo lo necesita muchísimo. Hago menos ruido que los que están roncando. Se levanta un chico que lleva puesta una camiseta de La Polla Records. Llegan Carmen e Izaro, resulta que al chico lo conoció Izaro el otro día desde el avión de Estambul. También es vasco, se llama Oier y es muy majo.

Bajamos los cuatro (Oier se ha ido de excursión) a desayunar. Por fin hago realidad mi sueño de volver a comer khachapuri (lo escribo así, respetando la grafía usual en las transliteraciones inglesas, a pesar de que para los españoles sería mejor poner jachapuri, pues así se pronuncia; pero así nos queda la jota para representar el sonido africado de, por ejemplo, John, que encontramos siquiera en el nombre de la región de Ajara o Ajaria). El khachapuri imeruli es una especie de pan redondo y plano relleno de queso fundido. Muy rico y muy energético para por la mañana.

Echamos a andar por Rustaveli hacia Tavisuplebis Moedani (siguiendo indicaciones de Carmen, que en realidad quería ir hacia el norte, pero ha cogido el mapa al revés). Ya que estamos, decidimos subir hasta la estatua de la Madre Georgia. Como suele ocurrir, la subida nos pilla a la hora de más calor. Estamos casi a 40ºC. Para bajar decidimos probar el teleférico, que creo que todavía no existía la otra vez que estuve aquí, hace cuatro años, y que forma parte del sistema de transporte de la ciudad, así que cuesta lo mismo que el autobús, no recuerdo cuánto exactamente, pero aproximadamente medio lari (y un lari es menos de medio euro).

Tras un paseo nos encontramos delante de un enorme bloque de viviendas, tipo colmena, de color azul, construido en tiempos soviéticos. Lo recuerdo de la otra vez. Debajo de otro edificio hay un pasadizo dentro del cual hay un puesto donde una anciana de varios dientes de oro vende verduras. Se ve pequeñita entre tanta mercancía. Al lado, también dentro del pasadizo, hay un Lada verde con varias sandías en la baca y un hombre apuesto a su manera, con la cara cansada de quien ha trabajado mucho siempre, sentado en el asiento del conductor con la puerta abierta y una pierna fuera. La luz es estupenda. Tengo que hacer la foto, le pido permiso y me lo da. Le hago tres y, ya animado, fotografío también a la mujer de las verduras (aunque aquí cometo el error de usar el gran angular, que para la otra escena pegaba, pero para ésta no).

Luego subimos por una calle llena de tiendas de khachapuris y puestos de verdura, queso, etc. Le pregunto a un hombre qué tipo de queso vende, y me da a probar tres diferentes, todos buenísimos. Al final compramos un khachapuri para compartir, pero éste no está muy bueno.

Llegamos a Tsminda Sameba, la iglesia de la Santísima Trinidad, una obra monumental terminada hace pocos años. La otra vez que estuve me gustó mucho, sobre todo por dentro, con el recogimiento de la gente que venía a rezar, su relación con los iconos (los contemplan, los tocan, los besan, hablan con ellos) y el ritual de las velas. Pero esta vez hay menos gente rezando, muchos turistas locales, una familia peripuestísima que viene creo que a un bautizo (si es que en la iglesia georgiana hay algo así), con las mujeres con vestidos escuetos y zapatos de tacón, pero, eso sí, la cabeza cubierta; varios sacerdotes repanchingados en sendas sillas tratando algún tema; y obreros reparando o construyendo algo.

Volvemos por donde hemos venido, y al lado del hombre del queso hay otro que nos pregunta de dónde somos y nos da (en teoría para todos, pero se lo entrega en la mano a Izaro) una cosa que parece un chorizo o un juguete para adultos y resultan ser nueces envueltas en una masa dulzona y que como regalo no está mal, porque barato no es. La causa principal es que Izaro es vasca, y los georgianos se sienten emparentados con ellos. (La próxima vez que venga a Georgia me voy a traer una camiseta con una ikurriña, porque funciona: en todas partes al oír que somos españoles indagan si no seremos vascos, y al oír que Izaro sí, sonríen.)

Seguimos andando y, atravesando un puente nuevo que debe de haber diseñado algún discípulo de Calatrava (sólo le falta ser blanco), llegamos hasta la ciudad vieja, que está bastante remozada. En una cafetería tomamos café con posos al estilo turco, agua con gas (la georgiana es muy afamada por sus valores medicinales) y un plato de sandía. Ahí estamos sentados cuando aparece Oier, que se nos une para dar un paseíto más por la zona.

Luego vamos a cenar todos juntos en una calle que hemos visto antes. De entre varios restaurantes que hay uno al lado del otro, elegimos el único que no tiene el cartel en ruso ni en inglés, sólo en georgiano. Aun así dentro hay una mesa de rusos y otra de polacos, que ya están cantando el “sto lat” y brindando con los georgianos de la mesa de al lado. Pedimos dos platos de diez khinkali (léase “jinkali”), una ración de ostri (un delicioso guiso de carne ligeramente picante y con mucho cilantro), una de berenjenas con pasta de nueces, una jarra de vino blanco de la casa, que está frío, es joven y sabe un poco a sidra, y es terriblemente traicionero, pues un solo litro basta para subírsenos a los cinco.

Los khinkali son mi gran mito de la comida georgiana. Una masa como la de los ravioli italianos o los pierogi polacos, pero más grande: un saquito que parece una flor cerrada y cabe en la mano. Esperas un poco a que se enfríen, porque siempre vienen humeando, los coges con la mano con cuidado de no quemarte, muerdes delicadamente el borde superior y sorbes el caldo que hay dentro, procurando no manchar el plato (no sé si es verdad, pero me han dicho que está mal visto; en cualquier caso, como juego es divertido, pues es todo un reto). Una vez terminado el líquido, ya puedes seguir dando mordiscos y saboreando la jugosa carne que hay dentro. En Tbilisi la carne suele estar aderezada con cilantro. (Los khinkali tbilisuri son mis favoritos.)

Entre el cansancio acumulado y el vino asangriado Agata y yo nos retiramos temprano, mientras los demás se van a dar una vuelta. En el albergue paso las fotos al ordenador y me doy cuenta de que mis maravillosas fotos del señor de las sandías en su Lada han salido desenfocadas, no sé si por la premura (era la primera foto “seria” –es decir, hecha con la réflex– del viaje) o por algún fallo de la cámara. Intentaré volver mañana.