Despegamos de Varsovia el 16 de agosto a las 22:40 en un Embraer chiquitito. El vuelo se supone que dura tres horas y media, pero el viento nos favorece tanto que en dos horas y cuarenta y cinco minutos estamos ya en Tbilisi. Es increíble lo cerca que está Georgia, y suena como si fuera otro mundo.
Es curioso, el país se llama en español Georgia, en muchas otras lenguas algo parecido. En polaco, al igual que en otras lenguas eslavas, es Gruzja (pronúnciese /grúzja/, con la z como ese sonora y la j como semiconsonante palatal), pero en georgiano es Sakartvelo. La capital en georgiano se llama Tbilisi. En español en teoría es Tiflis, pero me gusta mucho más cómo suena en georgiano, así que ése será el nombre que use.
Entre que recogemos el equipaje y cambiamos algo de dinero dan las cuatro. Según la guía hay un tren a la ciudad ya a las 6 de la mañana, pero el chaval de información (al que despertamos) dice que el primer transporte es un bus, y a las 7. Debajo de unas escaleras mecánicas hay un cuadrado con hierba artificial que tal vez esté pensada como jardín barato, pero que es genial para descansar. Saco la esterilla de yoga y nos tiramos a dormir un rato. A pesar de las llamadas de embarque, logramos echar una cabezada; al fin y al cabo nos hemos pasado la noche en vela.
Cogemos el bus de las 7, amarillo y corto. Se llena tan rápido que hay que pasar el dinero de mano en mano para que llegue al cobrador, que lo mete en una cajita plateada y vuelve a poner en circulación los billetes entre los pasajeros.
Reconozco Tavisuplebis Moedani (la Plaza de la Libertad) con su San Jorge doradísimo sobre una columna, y la calle Rustaveli. Nos bajamos al lado de la Ópera y encontramos fácilmente el albergue Ori Beli. Llegamos antes de las 8 y la habitación está todavía ocupada, pero la chica nos hace un sitito en el sofá y Agata se tumba un rato más. Por suerte varios huéspedes abandonan pronto el dormitorio y ocupamos nuestras literas. Mientras Carmen e Izaro vienen desde el albergue en el que han tenido que quedarse esta noche, Agata duerme un poco más y yo aprovecho para hacer algo de yoga, pues mi cuerpo lo necesita muchísimo. Hago menos ruido que los que están roncando. Se levanta un chico que lleva puesta una camiseta de La Polla Records. Llegan Carmen e Izaro, resulta que al chico lo conoció Izaro el otro día desde el avión de Estambul. También es vasco, se llama Oier y es muy majo.
Bajamos los cuatro (Oier se ha ido de excursión) a desayunar. Por fin hago realidad mi sueño de volver a comer khachapuri (lo escribo así, respetando la grafía usual en las transliteraciones inglesas, a pesar de que para los españoles sería mejor poner jachapuri, pues así se pronuncia; pero así nos queda la jota para representar el sonido africado de, por ejemplo, John, que encontramos siquiera en el nombre de la región de Ajara o Ajaria). El khachapuri imeruli es una especie de pan redondo y plano relleno de queso fundido. Muy rico y muy energético para por la mañana.
Echamos a andar por Rustaveli hacia Tavisuplebis Moedani (siguiendo indicaciones de Carmen, que en realidad quería ir hacia el norte, pero ha cogido el mapa al revés). Ya que estamos, decidimos subir hasta la estatua de la Madre Georgia. Como suele ocurrir, la subida nos pilla a la hora de más calor. Estamos casi a 40ºC. Para bajar decidimos probar el teleférico, que creo que todavía no existía la otra vez que estuve aquí, hace cuatro años, y que forma parte del sistema de transporte de la ciudad, así que cuesta lo mismo que el autobús, no recuerdo cuánto exactamente, pero aproximadamente medio lari (y un lari es menos de medio euro).
Tras un paseo nos encontramos delante de un enorme bloque de viviendas, tipo colmena, de color azul, construido en tiempos soviéticos. Lo recuerdo de la otra vez. Debajo de otro edificio hay un pasadizo dentro del cual hay un puesto donde una anciana de varios dientes de oro vende verduras. Se ve pequeñita entre tanta mercancía. Al lado, también dentro del pasadizo, hay un Lada verde con varias sandías en la baca y un hombre apuesto a su manera, con la cara cansada de quien ha trabajado mucho siempre, sentado en el asiento del conductor con la puerta abierta y una pierna fuera. La luz es estupenda. Tengo que hacer la foto, le pido permiso y me lo da. Le hago tres y, ya animado, fotografío también a la mujer de las verduras (aunque aquí cometo el error de usar el gran angular, que para la otra escena pegaba, pero para ésta no).
Luego subimos por una calle llena de tiendas de khachapuris y puestos de verdura, queso, etc. Le pregunto a un hombre qué tipo de queso vende, y me da a probar tres diferentes, todos buenísimos. Al final compramos un khachapuri para compartir, pero éste no está muy bueno.
Llegamos a Tsminda Sameba, la iglesia de la Santísima Trinidad, una obra monumental terminada hace pocos años. La otra vez que estuve me gustó mucho, sobre todo por dentro, con el recogimiento de la gente que venía a rezar, su relación con los iconos (los contemplan, los tocan, los besan, hablan con ellos) y el ritual de las velas. Pero esta vez hay menos gente rezando, muchos turistas locales, una familia peripuestísima que viene creo que a un bautizo (si es que en la iglesia georgiana hay algo así), con las mujeres con vestidos escuetos y zapatos de tacón, pero, eso sí, la cabeza cubierta; varios sacerdotes repanchingados en sendas sillas tratando algún tema; y obreros reparando o construyendo algo.
Volvemos por donde hemos venido, y al lado del hombre del queso hay otro que nos pregunta de dónde somos y nos da (en teoría para todos, pero se lo entrega en la mano a Izaro) una cosa que parece un chorizo o un juguete para adultos y resultan ser nueces envueltas en una masa dulzona y que como regalo no está mal, porque barato no es. La causa principal es que Izaro es vasca, y los georgianos se sienten emparentados con ellos. (La próxima vez que venga a Georgia me voy a traer una camiseta con una ikurriña, porque funciona: en todas partes al oír que somos españoles indagan si no seremos vascos, y al oír que Izaro sí, sonríen.)
Seguimos andando y, atravesando un puente nuevo que debe de haber diseñado algún discípulo de Calatrava (sólo le falta ser blanco), llegamos hasta la ciudad vieja, que está bastante remozada. En una cafetería tomamos café con posos al estilo turco, agua con gas (la georgiana es muy afamada por sus valores medicinales) y un plato de sandía. Ahí estamos sentados cuando aparece Oier, que se nos une para dar un paseíto más por la zona.
Luego vamos a cenar todos juntos en una calle que hemos visto antes. De entre varios restaurantes que hay uno al lado del otro, elegimos el único que no tiene el cartel en ruso ni en inglés, sólo en georgiano. Aun así dentro hay una mesa de rusos y otra de polacos, que ya están cantando el “sto lat” y brindando con los georgianos de la mesa de al lado. Pedimos dos platos de diez khinkali (léase “jinkali”), una ración de ostri (un delicioso guiso de carne ligeramente picante y con mucho cilantro), una de berenjenas con pasta de nueces, una jarra de vino blanco de la casa, que está frío, es joven y sabe un poco a sidra, y es terriblemente traicionero, pues un solo litro basta para subírsenos a los cinco.
Los khinkali son mi gran mito de la comida georgiana. Una masa como la de los ravioli italianos o los pierogi polacos, pero más grande: un saquito que parece una flor cerrada y cabe en la mano. Esperas un poco a que se enfríen, porque siempre vienen humeando, los coges con la mano con cuidado de no quemarte, muerdes delicadamente el borde superior y sorbes el caldo que hay dentro, procurando no manchar el plato (no sé si es verdad, pero me han dicho que está mal visto; en cualquier caso, como juego es divertido, pues es todo un reto). Una vez terminado el líquido, ya puedes seguir dando mordiscos y saboreando la jugosa carne que hay dentro. En Tbilisi la carne suele estar aderezada con cilantro. (Los khinkali tbilisuri son mis favoritos.)
Entre el cansancio acumulado y el vino asangriado Agata y yo nos retiramos temprano, mientras los demás se van a dar una vuelta. En el albergue paso las fotos al ordenador y me doy cuenta de que mis maravillosas fotos del señor de las sandías en su Lada han salido desenfocadas, no sé si por la premura (era la primera foto “seria” –es decir, hecha con la réflex– del viaje) o por algún fallo de la cámara. Intentaré volver mañana.
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