jueves, 22 de agosto de 2013

22/VIII - Sarpi


Carmen e Izaro vienen a despedirse, se van a las montañas. Nosotros nos quedamos un día más. Desayunamos yogur con avellanas y decidimos ir hasta Gonio, por variar. Pero no andando, como ayer las chicas, sino en marshrutka, pues no nos parece un gran plan caminar por esa carretera tan transitada.

En Gonio pasamos de buscar la fortaleza y nos vamos directamente a la playa, donde pasamos parte del día (hoy sin tumbonas ni sombrilla).

Volvemos a Sarpi, compramos una sandía en un puesto cuyo dueño no intenta timarnos, subimos a casa para comérnosla casi entera y echar una siestecilla.

Por la tarde bajamos otra vez a la playa a leer un rato. La puesta de sol es espectacular: el sol parece una enorme boya naranja hundiéndose en el agua. Nunca había visto un sol así. El cielo se muestra más comedido, con tonos pastel lilas y rositas.

Por el camino de vuelta compramos tomates, pepinos, cilantro y queso. Ya en casa todo el mundo me pregunta qué tal mi barriga. Se ve que ya somos “de la casa”, pues nos invitan a cruzar la línea divisoria y entrar en la cocina, coger platos, cubiertos y un trozo de pan. Nos ofrecen más comida, pero mi estómago no está todavía para experimentos.  Luego no nos dejan fregar nada. En la cocina están Tsitsino, Maia (su hija), la mujer de la familia azerbaiyana que está en las otras habitaciones, y su hija. En la mesa del primer piso están Zebur, Mamuka (su hijo), el azerbaiyano y otro hombre que no conozco. Ellas preparan la cena y se la comen en la cocina. Ellos se sientan en la terraza, con las botellas. Nos ofrecen comida y bebida, pero rechazamos. En otras circunstancias me habría sentado con ellos para participar en la conversación (que de todos modos es en ruso porque el azerbaiyano no habla georgiano).

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