La marshrutka nos deja en Sarpi, a escasos quince metros del puesto fronterizo. Al otro lado se ve la bandera turca y el minarete de una mezquita. Echamos a andar en busca de alojamiento, vemos un cartel de “se alquila habitación” (en ruso, claro, no en español) y entramos en el patio de una casa. A nuestro encuentro sale Revazi, un simpático señor moreno de pelo blanco y escaso, bañador de flores y camiseta interior bastante blanca. El precio que nos dice triplica nuestro presupuesto, pero, en vez de intentar convencernos o empezar a regatear, dice que conoce a alguien que alquila una habitación por el precio que nos interesa, sólo que un poco más arriba. Llama por teléfono y pronto estamos los cinco metidos en su Mercedes, que conduce cuesta arriba por callejones de cemento gris y esquivando paisanos como si llevara un coche de rally por amplios caminos de tierra. Enseguida estamos arriba. Nos deja allí diciendo que si no nos gusta lo que nos ha propuesto, podemos preguntar en las casas de la zona.
Nos recibe una mujer muy morena y rechoncha, nos enseña dos habitaciones con balcón y baño, una más nueva y otra menos, quedamos en 70 laris por noche por todo, que es más de lo que nos gustaría pagar, pero parece que no mucho para ser un lugar de veraneo.
La playa: de pedruscos dolorosos, como la de Batumi. Hay que dejar las chanclas en la misma orilla, y después de nadar salir por el mismo sitio por el que has entrado. Yo, que me desoriento mucho cuando nado, acabo sufriendo durante centenares de metros. Así me imagino el infierno de la mitología georgiana: condenar a los malos a vagar descalzos eternamente por las playas del Mar Negro... El agua: entiendo por qué el Mar Negro se llama así. Vale, no es negra, pero el Mar Gris Oscuro Tirando A Verdoso no vendería nada. Desde fuera sólo se ve un reflejo plateado, y una vez te sumerges la visibilidad es como de dos metros. Los rayos del sol crean interesantes efectos, pero apenas calientan la superficie. Uno se mete a metro y medio de profundidad y la temperatura desciende súbitamente varios grados. Si vas pegado al fondo, puedes ver algunos pececitos oscuros (en tres días una vez vi un banco de peces un poco más grandes y brillantes). Hay bastantes medusas, que flotan tranquilas como amapolas blancas. Con la poca visibilidad que hay, generalmente cuando las divisas ya tienes poco margen de maniobra. Por suerte su picadura es muy leve.
La playa está plagada de tumbonas de plástico blanco, que se alquilan a un lari la hora y que son aquí bastante más necesarias que en cualquier otra playa que haya visto hasta ahora, ya que encontrar una postura cómoda sobre los pedruscos resulta harto difícil. Con las tumbonas se alquilan también sombrillas y, aunque también hay bastantes, debería haber más, a juzgar por el color de la espalda de muchos de los turistas.
La gente: principalmente georgianos, armenios, azerbaiyanos, turcos, rusos (algún que otro ucraniano o polaco... y nosotros). Se pasan el día en la playa, fumando y haciéndose fotos, y lo dejan todo lleno de basura. Pasa gente con bolsas y cubos pregonando su mercancía: pipas, gusanitos, avellanas, agua, cerveza, café helado... (Me acuerdo de aquel anciano que, hace veinticinco años, recorría la playa de Almería con su camisa abierta y su sombrero, gritando: “pataaaataacacahuépipaaa”.) Pasa una mujer con un paraguas enganchado a la cabeza y una bandeja de cafés helados, pasa un niño cargando un cubo casi tan grande como él lleno de latas y botellas, pasa una viejita encorvada trastabillando con un montón de bolsas de gusanitos y palomitas, pasa una señora de dientes de oro a la que cada día le compraremos un par de puñados de avellanas tostadas, y el último día nos regalará un puñado más.
El pueblo: una carretera que discurre a lo largo de la costa y lleva directamente a la frontera turca. La frontera: una construcción alargada pintada de blanco que parece un peaje de autopista con diez o doce entradas, rematada por una extraña cresta que se eleva varios metros. A este lado de la frontera, cincuenta metros antes, una iglesia (con esa mezcla entre arquitectura ortodoxa y católica que presentan las de aquí). Al otro lado, unas decenas de metros más allá, una mezquita con un solo minarete. Por la carretera circulan, o lo intentan, coches con matrículas diversas (georgianas, turcas, azerbaiyanas, armenias, rusas, alemanas...), autobuses turcos, tráilers turcos, marshrutkas que llegan hasta la frontera para tocar la pared y volver hasta Batumi... La plaza que queda justo delante del puesto fronterizo parece una colmena, y más al anochecer, con todas las luces rojas y verdes de los carriles de entrada, y la iluminación de los bares, tiendas, puestos de apuestas, casas de cambio... Las tiendas: todo caro, algunas cosas cuestan el doble que en la capital, tampoco hay mucho donde elegir. Los precios no están puestos, te cobran a ojo y no te queda otra que acatar o darte media vuelta e intentarlo en otra tienda. En una tienda pregunto el precio de la garrafa de cinco litros de agua y la vieja levanta tres dedos y enseguida añade otro, así que me voy sin más (ayer pagué por diez litros tres laris). El pueblo: en la carretera principal, tiendas caras, casas que alquilan habitaciones. Subiendo por la empinada y zigzagueante carretera de cemento, casas sin revoque ante las que aparcan Mercedes. La gente: a la puerta de la peluquería dormitan varios hombres. Al vernos pasar, uno, con aliento de borracho, pregunta en ruso: “otkuda vy?”. Lo más importante es situar al otro. Luego, cada vez que pasemos, intentará invitarme a un trago. La frontera: a escasos cien metros, tras unas tiendas, todos los días hay un grupo de gente que desde lejos parecen terroristas suicidas ayudándose unos a otros a colocarse los explosivos a la cintura, pero ya de cerca resultan ser matuteros atándose al cuerpo decenas de cajetillas de Marlboro y Winston. Son como veinte y hay más mujeres que hombres.
La fauna: gallos programados con la hora de Greenwich, pues empiezan a cantar a las nueve de la mañana y luego siguen hasta que se hartan. Mosquitos feroces que pican sobre todo por el día (pero por suerte no me producen tanta reacción como los polacos, por ejemplo). Algún que otro perro suelto, uno ladra una noche como si estuviera poseído. Gatos grises recién nacidos. Golondrinas que anidan en nuestra terraza. Y unas maripositas triangulares de alas negras con dos franjas amarillas, que están por todas partes. Por la noche pululan por el techo de la habitación, caminando despacito, parándose cada dos por tres y girando noventa grados, como aviones dubitativos en la pista de despegue. Por la mañana siembran el suelo, inertes y descompuestas, como un confetti triste.
La primera noche. Desde nuestro balcón de suelo de cemento se divisa el valle entero, con el puesto fronterizo que lo corta por la mitad. Las luces de la plaza parecen de una discoteca. La mezquita del otro lado, con su minarete iluminado de verde, parece un cohete a punto de despegar. Tenemos tomates y sandía. Mientras Carmen e Izaron charlan sentadas a la mesa de la terraza del primer piso y Agata lee en la cama, el dueño de la casa, que está sentado en un patiecito que hay fuera, me indica que vaya a sentarme con él, cosa que hago, y charlamos un rato. Se llama Zebur, con su panza cubierta con una camiseta interior y su cabeza calva parece un conguito blanco, y es muy simpático. Habla despacio para que lo entienda. Me pregunta si me gusta Georgia. Me cuenta que Sarpi era un solo pueblo hasta que los turcos lo invadieron y acabaron quedándose con la mitad que hoy en día queda al otro lado de la frontera (y que sigue llamándose Sarp), dejando a algunas familias partidas por la mitad. Por eso no le caen bien los turcos. Me pregunta cuánto gano, intento decirlo en ruso, pero mientras encuentro los números él intenta ayudarme: ¿cinco mil, seis mil? Para no explicarle todos los detalles de mi situación le digo que mil doscientos euros, y él me sorprende diciendo que le parece poco. Bueno, a mí también. Dice que él es un simple obrero y gana unos quinientos euros al mes, pero que con eso le da para alimentar y vestir a la familia. Luego, alquilando las habitaciones, viven bastante bien. (La casa debe de tener en total como trescientos y pico metros cuadrados, que es casi ocho veces más que la mía; y en el salón tienen un televisor de plasma de casi metro y medio de anchura.) Dice que con mi sueldo en Georgia viviría como un rey. Él está casado (la mujer se llama Tsitsino o algo parecido) y tiene una hija de 17 años (que se llama Maia y está supervisando la conversación desde el balcón, ayudando de vez en cuando porque sabe algo de inglés) y un hijo de 13 años (que se llama Mamuka). Charlamos un rato más, pero ya se hace tarde y me voy a acostar. Nos promete invitarnos a una botella de vino al día siguiente. Lo dejo fumando en el patio.
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