Día para olvidar.
Nos levantamos a las 8. El único váter del albergue no ha sido limpiado en 24 horas, porque allí campea el mismo largo pelo negro que estaba ayer. De la ducha sólo sale agua helada (y la recepcionista no sabe por qué ni cómo solucionarlo), y el desayuno consiste de tres trozos de tomate, tres de pepino, un pedazo de lavash duro (yo comprendo que es domingo por la mañana, pero podían tener una tostadora) y una salchicha tan asquerosa que al verla decidimos dejarlo todo como está y salir a desayunar fuera.
Lo cual no es fácil, porque todo está cerrado, no sé si por el día o por la hora. En una cafetería vemos a gente sentada en la terraza, pero deben de ser de la casa, porque a nosotros nos dicen que hasta las diez, nada. En el súper compramos una especie de chocolatinas con queso fresco dentro (están buenas, ya las habíamos probado en Lituania).
Por cien drams por persona el bus número 5 nos lleva a la estación de autobuses, donde espera una cafetera con cinco o seis bombonas de gas en forma de cilindro alargado tumbadas sobre el techo. Me parece reconocerla de hace cuatro años, no ha envejecido mucho porque tampoco le queda margen. Las cortinas granates tampoco parecen más pringosas de lo que estaban. Salimos a las 10, el vehículo va casi vacío, pero pronto se llena. El cobrador va de pie en la escalera del centro, agarrado a la barra de la puerta, que por suerte está abierta y deja entrar el aire. Al salir de la ciudad, los lados de la carretera se llenan de atracciones como lavados de coches, el “Casino Corrida” (una barraca toda recubierta de planchas doradas atornilladas), el “man’s club Moulin Rouge” (con columnas griegas y todo) y otros por el estilo.
Unos tres cuartos de hora más tarde el cobrador nos hace señas de que nos bajemos (tenemos que abrirnos paso entre la multitud que colapsa el pasillo), nos pide doscientos drams y se sube de nuevo al trozo de chatarra con ruedas, que arranca pedorreante y humeante, dejándonos delante de una iglesia frente a la cual hay decenas de buses y minibuses aparcados, aparcando o desaparcando. Hay más gente que en las rebajas, de hecho parece que vengan todos de las rebajas del Decathlon. Manadas de españoles e italianos. Unos vestidos como si fueran de trekking, con sus pantalones desmontables (yo también llevo unos, lo reconozco, pero tengo varias justificaciones), camisetas de fibra mágica y sandalias con calcetines, todo ello de color indefinido. Otros, más estilo safari, con el inmortal gorrito redondo que llevan los que van a pescar con caña a la orilla de algún lago. Otros, directamente, con sus bermudas y camisas de flores o camisetas sin mangas, aunque la playa más cercana les queda a muchos cientos de quilómetros. Las mujeres, en general, un poquito más pasables, aunque abunda también el estilo trekking-safari y el vestido de flores combinado atrevidamente con cadenas y pendientes de oro.
Tal es nuestro shock al ver todo aquello, que nos sentamos en un banco y pasamos siquiera de ver la iglesia por dentro (tampoco habríamos cabido, la gente en el umbral se empuja sin miramientos para poder pasar). Éste no es el Echmiadzin que yo recordaba.
Siempre me ha mosqueado el turismo de masas, ése que se deja llevar de la mano sin importarle mucho a dónde, hace fotos de todo lo que tiene delante sin haberlo mirado primero, viaja en transporte climatizado fletado especialmente para ellos como si estuvieran en cuarentena, come pizza y espaguetis en su hotel, y luego compra souvenirs en cada puesto, y al volver a casa enseña cientos de fotos de iglesias y cuenta historias inventadas, tradiciones leídas, situaciones mal interpretadas, sin haber tenido el menor contacto con la realidad del país ni haber podido conversar con uno solo de sus habitantes (aunque hubieran tenido la oportunidad, su desconocimiento de otras lenguas se lo habría impedido), a no ser los contratados para servirles. Gente que ni siquiera se da cuenta de que para entrar en los templos hay que seguir un código de vestimenta, al igual que ocurre en su propio país (donde seguro que no irían a la misa en bañador), que aquí incluye pantalón largo para los hombres y, a ser posible, un pañuelo en la cabeza para las mujeres. Viendo a pardillos irrespetuosos de este pelaje, no me extraña que en los lugares turísticos los autóctonos pierdan el respeto a los visitantes y, en lugar de tratarlos como a seres humanos, los traten como a monederos con patas; y todo intercambio se mida por el potencial beneficio económico, ya que otro no trae. Todo ello por no hablar de otros efectos perniciosos del turismo de masas, el más simple de los cuales suele ser la inflación que revierte sobre la propia población local.
Por mala que sea mi memoria gráfica, sé que esa iglesia que el cobrador del autobús ha decidido que queremos ver no es la misma en la que estuve la otra vez. Tiene que haber otra por la zona, si es que efectivamente estamos en Echmiadzin. Se me ocurre que tal vez los armenios hayan montado un complot para traer a los turistas a fotografiar ésta, más pequeña, de modo que dejen en paz la principal, que equivaldría al Vaticano de la Iglesia armenia. Decidimos ir en busca de la otra.
Preguntamos al conductor de uno de los minibuses que esperan fuera. Dice que andando serán unos veinte minutos. Todo recto y en algún punto que no entendemos bien hay que girar hacia la izquierda, o hacia la derecha, tampoco nos queda claro. Igual es parte del complot. Total, que ahí vamos, otra vez los dos andando a pleno sol del mediodía sin saber muy bien adónde.
Por el camino encontramos el “Café Relax”, con su terraza a la sombra, y decidimos parar a desayunar como es debido. La camarera es muy simpática, pero a la hora de pedirle los cafés nos vemos en un problema. No queremos café soluble, sino del que hacen en esta zona del mundo en un cacito. Lo que en todas partes, que yo sepa, se llama “café turco” o “café a la turca” (excepto en Bosnia, que lo llaman, por supuesto, “café bosnio”). Pero ¿cómo decirlo en Armenia, el país que más detesta a los turcos? Por fin me viene la iluminación de haber visto que la carta de algún lugar lo llamaba “vostóchniy”: café oriental. La mujer me entiende y nos los trae. Mientras estamos esperando, a otra mesa se sienta el cobrador que antes nos mandó bajar donde la otra iglesia. Voy a preguntarle a qué se debió su decisión, pero está hablando por teléfono y simplemente me indica que la otra iglesia está un poco más adelante.
Allá vamos. Llegamos, por fin, a la iglesia que buscábamos. También hay multitud de turistas, pero se diluyen un poco más, pues el recinto es mucho mayor. Por ser domingo hay también muchísimos fieles que vienen a la misa. No sé si todos los domingos será igual o es que hoy es un día especial, pero la misa es impresionante. No alcanzo a ver mucho por el gentío que hay, pero a un lado un coro de mujeres vestidas de violeta canta bellas canciones polifónicas. En el altar (que probablemente no se llame así), como ocurre en las iglesias ortodoxas, hay puertas que se abren y se cierran y gente que entra y sale. A un lado del altar, como treinta hombres barbudos vestidos con hábitos negros y con la capucha puesta (parecen todos fornidos como un cuerpo de élite, pero puede que sea la impresión que dan el hábito y la tarima sobre la que se encuentran), apiñados, parecen estar esperando algo. Una barrera los separa de una hilera de mujeres de vestido elegante y pañuelo en la cabeza. Junto a las paredes hay una especie de mesas alargadas donde los fieles plantan delgadas velas amarillas, y es tanta la cera derretida que se ha formado una piscina en la que se reflejan decenas de llamitas titilantes. En las paredes hay imágenes de santos llenas de dorados, ante las cuales la gente reza concentrada, y a veces se acerca y las besa, o apoya la frente en ellas y cierra un momento los ojos.
Un cartel dice que no se puede hacer fotos, pero allí hay literalmente cientos de cámaras en movimiento (incluso hay gente haciendo fotos con el iPad), no todas de turistas extranjeros, sino también de armenios que quieren su recuerdo, así que venzo mi reticencia inicial y saco la mía. Y éste es el momento crítico del día. Pongo el objetivo de 50 mm para hacer fotos con poca profundidad de campo, aprovechando la luz dorada de las velas y las sombras del interior de la iglesia, y resulta que no enfoca. Tiene un frontfocus tan brutal que la escala de corrección de la cámara no basta para compensarlo. Mi cabreo es monumental. Acabo de pagar casi 500 euros en el servicio técnico para que me pongan todo el equipo a punto para el viaje (la historia, por cierto, es larguísima, pues ha durado en total como un año entre pitos y flautas, pero no voy a aburriros ahora con eso), y resulta que no va. Saco el 85, otro tanto de lo mismo. O sea, que me he venido desde Polonia con varios quilos de equipo fotográfico a la espalda que voy a tener que ir cargando durante las próximas cinco semanas (y una que llevo) para no usarlo. Y sin poder dejarlo en ningún lado, porque es equipo caro y todavía tengo la esperanza de que me lo arreglen en algún sitio. Ni me molesto en probar el gran angular, porque me temo que el problema es del cuerpo de la cámara. La rabia que me da todo esto es tanta, que el resto del día voy a estar jodido. Y el resto del viaje puede que no, porque programaré mi mente para no pensar en ello. De momento me parece que para todo el viaje a Irán me queda solamente la Fuji, que como cámara suplente es dignísima, pero como única cámara para un viaje durante el que tenía un proyecto fotográfico que realizar, dista de ser la solución ideal. Tendré que hacerme a la idea.
Durante toda la vuelta en otro bus destartalado voy furioso, y la pago con Agata. Ya de vuelta a Yereván voy a recoger el duduk que dejé apartado ayer. Luego intentamos ir a tomar un café a ver si nos da un poco de energía, pero todas las cafeterías de la avenida Abovyan nos parecen pijas y caras (entre dos y cuatro euros por un café, por muy chic que sea, y además en Armenia, aunque estemos en la capital, nos parece un robo y un gasto prescindible). Vamos al supermercado para hacer algo de compra para el viaje que nos espera mañana, pero no somos capaces de decidirnos y sólo compramos agua.
De vuelta al albergue decido que no puedo hacer nada mejor que dormir. Cuando me levanto ya es casi de noche. Miro si me ha contestado alguien de CouchSurfing y para mi sorpresa tenemos incluso demasiadas propuestas, que ahora hay que rechazar con tacto. Si CouchSurfing en otros países funcionara como parece que funciona en Irán, sería una maravilla.
Para culminar bien un día que ha sido más bien chungo, vamos a cenar al restaurante de anoche. Elegimos algunos manjares ya comprobados, como las hojas de parra rellenas, y probamos otros nuevos, como el babaganush, que no sólo no nos decepciona, sino que incluso sube el listón. Hoy también nos sale la cenaza por 8000 drams, pero nos la merecíamos.
De vuelta al albergue pagamos (casi 28.000, alrededor de 50 euros, demasiado para el sitio) y a continuación me pongo a gestionar cosas de CouchSurfing y a pasar las fotos al ordenador y darle forma al diario de viaje, operaciones que, luchando con la conexión, me llevan hasta las 2 de la mañana. Luego, entre los ruidos del pasillo y el calor, me cuesta dormirme, pero cuando por fin lo hago descanso bastante bien.
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