Recogemos el equipaje y dejamos las mochilas en el área común del albergue hasta la noche. A Carmen, que le gustan mucho esas cosas, le apetece ir hasta el museo etnográfico al aire libre, donde hay casas georgianas tradicionales traídas pieza a pieza de diferentes regiones del país. A nosotros nos da un poco igual, pero como no tenemos ningún plan mejor, vamos hasta allí.
Para bajar del autobús nos hacemos un lío, Agata e Izaro se bajan antes y Carmen y yo, que estábamos todavía asegurándonos, seguimos una parada más. Por suerte están cerca. Luego queda una buena subida a pie (un borrachín nos indica que cojamos un taxi o hagamos autostop, pero a nosotros de vez en cuando nos gustan esas subidas para hacer ejercicio; lo único malo es que se suda bastante). Las casas del museo, efectivamente, molan bastante, y en cada una hay una mujer que, en inglés o en ruso, nos explica muy bien la función y la historia de los distintos elementos. También es verdad que después de tres casa a mí ya me basta. Pero el terreno es inmenso y nos perdemos un poco.
Emprendemos la vuelta andando, paramos a comer en un restaurantucho donde tienen comida preparada que venden al peso. La verdad es que está todo malo. La camarera, que no habla ni inglés ni ruso, se niega a calentar el pescado en el microondas, porque apesta. Lo explica tapándose la nariz con los dedos y poniendo mueca de asco.
Decidimos ir a dar una vuelta a la zona de Marjanishvili, al otro lado del río, pero, por supuesto, echamos a andar sin saber cuánto queda, el camino se eterniza, luego nos pasamos de largo del lugar donde habría que girar, y acabamos de vuelta en la plaza de Rustaveli. Estamos vagos y decidimos que lo mejor es comprar agua y refrescos y sentarnos en un banco. Nos los tomamos en una plaza donde el centro está ocupado por una enorme explanada cubierta de alfombrillas de colores como de ducha de piscina pública con roña de lustros, de las que brotan chorros de agua entre los que corretean críos y no tan críos: las madres vienen preparadas con toallas y ropa de recambio. Es un parque bastante particular, pero adecuadísimo al calorazo que hace. No sustituye a una playa, pero refresca.
Cenamos temprano. Volvemos al albergue, cogemos la mochila y echamos a andar, entre una lluvia que arrecia por momentos. Todavía falta un trecho para llegar a la estación de metro y estamos empapados, así que nos refugiamos bajo una cornisa, paramos un taxi y para explicarle que nos lleve a la estación (todos nos hemos olvidado súbitamente de las palabras vokzal, poezd, etc., pero de todas formas el hombre no habla mucho ruso) tenemos que imitar el chacachá del tren. De camino entre la tormenta nos damos cuenta de que el vehículo no lleva taxímetro. Al llegar, ya dispuestos discutir ferozmente, le preguntamos cuánto, el tío pone el ojímetro y decide cobrarnos diez, que para ser un timo tampoco lo es tanto. Parece más bien un redondeo, y nos sale a menos de cinco euros a repartir entre cuatro. Mientras esperamos el tren, Agata y yo cumplimos nuestra primera tarea en ruso: enterarnos de si existe (como dice la guía, de la que no siempre puede uno fiarse) un tren de Batumi directamente a Erevan (o Yereván) y, dado que sí, comprar sendos billetes para dentro de unos días.
El tren va hasta los topes. Nos han tocado cuatro sitios en cuatro compartimentos diferentes (por lo menos, del mismo vagón). Después de una hora de barajar lugares, Carmen e Izaro consiguen cambiarse al mismo compartimento. Yo le dejo mi sitio a una chica para que pueda ir con su compañera, y Agata el suyo a no sé quién, pero no logramos ir juntos. A mí me toca con una vieja que habla a gritos, lleva la ropa llena de lamparones, huele mal y empieza a roncar en cuanto el tren se pone en marcha, pero luego se despierta por la noche y se pone a gritar otra vez; una niña de como seis añitos guapísima que sonríe y no dice ni mu, y que debe de ser la nieta de la bruja, pero espero que sea adoptada; y un tipo bastante memo que huele como si hubiera confundido el camembert con el roll-on, pone los pies en mi colchón (hasta que le llamo la atención) para hacer su cama (operación que le lleva como quince minutos; a mí me llevó como dos y sin necesidad de pisar su cama) y, nada más apagar la luz, saca el móvil y, sin ni siquiera quitarle el sonido, se pone a jugar a un juego de disparos (hasta que, nuevamente, le llamo la atención). No cuál es la relación familiar del memo con la babayaga, pero haberla hayla. Hace falta dormir con la puerta abierta, porque al bochorno que ya hace se unen los efluvios de la familia camembert, de modo que aseguro el equipaje como puedo. Tengo que colocarme en diagonal, encogerme y respirar poco profundo para caber en la litera. Tardo en dormirme, pero al final encuentro la postura y lo consigo, y durante al menos tres horas duermo profundamente. Hasta que, a eso de las cinco de la mañana, Babayaga empieza a gritarle a Camembert, y así se pasa como media hora. No sé si es que se han pasado la parada o qué...
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